Allí donde algunos creen que la vida se apaga, aún florece la risa

Por Ernesto Rengel

En la zona sur de La Paz, detrás de una puerta sencilla que no anuncia su misterio, late un universo hecho de recuerdos y canciones. Allí, donde algunos creen que la vida se apaga, todavía florece la risa, todavía palpita la ternura. Es la Casa de Reposo Mi Hogar, fundada un 1 de octubre de 2018, cuando Rossy Mariana Salinas decidió que su vocación no debía quedarse en palabras, sino convertirse en techo, cuidado y compañía para quienes la sociedad suele olvidar: los adultos mayores.

“Fue la gente misma la que me empujó a abrir esta casa”, recuerda Rossy, con la calma de quien sabe que el destino se construye a fuerza de pequeños actos de amor. Antes de fundarla, trabajaba en otro centro de cuidado y fueron los propios ancianos quienes le dijeron que tenía la paciencia y la ternura necesarias. Así nació un lugar donde la vejez no es condena, sino es escenario de dignidad.

 La vocación que nació del corazón

Los pasillos de Mi Hogar han escuchado idiomas que van del quechua al aymara, del castellano a lenguas extranjeras. Han albergado campesinos y citadinos, religiosos y agnósticos, soñadores y sobrevivientes. Cada residente es un mundo, y Rossy lo sabe: “Cada uno ha tocado un pedacito de mi corazón. Todos son importantes, todos son únicos”, dice con voz suave, como si hablara de una familia extendida.

Aquí los días comienzan con lo cotidiano —el desayuno, el aseo, las medicinas— pero se llenan de vida con las canciones. Porque cuando una anciana de noventa años entona con fuerza la melodía que bailaba en su juventud, no solo canta: resucita. “Cantar les devuelve la memoria y la alegría”, afirma Rossy, convencida de que el arte es una medicina invisible.

Los viejos temores y los nuevos amaneceres

La adaptación nunca es fácil. Quienes llegan con la lucidez intacta sufren más que aquellos atrapados por el Alzheimer. “Les cuesta dejar su casa, sus rutinas, su sillón frente al televisor”, explica Rossy. Lo que más extrañan no son las paredes, sino las voces: los amigos que ya partieron, las charlas interrumpidas por el tiempo.

Sin embargo, los temores cambian con la edad. Ya no temen a la muerte, porque sienten que su ciclo está cumplido. Lo único que esperan es la visita de los suyos, aunque sea de vez en cuando. El abandono total, gracias a Dios, no ha llegado hasta esta casa. Pero la soledad, esa presencia silenciosa, siempre ronda. Y es el personal quien la combate con afecto, con paciencia, con la constancia de estar allí.

Rossy lo resume sin rodeos: “El vínculo es familiar. No puedo evitar sentir mucho por cada uno de ellos”. La muerte, cuando llega, duele como la de un pariente. Pero también deja una enseñanza, un pedacito de sabiduría que se transmite de residente a cuidadora, de anciano a joven.

 El legado invisible de quienes saben partir

En Mi Hogar, la muerte no es tabú: es visita frecuente. Y, sin embargo, se la enfrenta con la serenidad de quienes saben que todo final guarda un legado. Una forma de caminar, un chiste contado al pasar, la historia de un viaje por el mundo o la simple costumbre de sonreír al amanecer. “Cada uno deja algo distinto en nosotras”, confiesa Rossy.

En estos años, ella ha aprendido a valorar la fragilidad como una fortaleza. Ha entendido que cuidar no es solo vigilar medicinas, sino escuchar, compartir silencios, dar paciencia. “Amo mi trabajo”, dice sin titubeos. Y en su voz no hay rutina, sino gratitud: la certeza de que su vida cambió para siempre desde que eligió acompañar a los que muchos prefieren ignorar.

Rossy sabe que todos, sin excepción, llegaremos a esa etapa. Y su mensaje a los jóvenes es claro: “No hay que tenerle miedo a envejecer. Es lo que nos espera a todos”. Quizás por eso, en su casa, cada día se vive como si fuera la última oportunidad de cantar, de reír, de dejar en los demás ese legado invisible que nunca muere.