América y la máquina del miedo: La IA ingresa a un continente donde el crimen organizado ya conoce las grietas del Estado
EL País/Paula Andrea Ramírez Barbosa
Hay una llamada que resume este tiempo. No viene de una
cárcel, ni de una frontera, ni de un cuarto oscuro donde alguien vigila un
mapa. Viene de un número cualquiera. Una madre contesta y escucha la voz de su
hijo. La voz se quiebra. Respira como él. Suplica como él. Dice que lo tienen
retenido, que no avise a nadie, que pague ya.
El hijo quizá está en clase, en el trabajo o dormido al otro
lado de la ciudad. La voz puede haber sido generada a partir de unos segundos
de audio extraídos de un video familiar, de una nota de WhatsApp o de una
publicación en redes sociales. La víctima no está oyendo a su hijo. Está oyendo
una tecnología que aprendió a imitar su voz.
Conviene no mirar esta escena como una simple estafa
telefónica. Es algo más hondo. Es una nueva forma de un miedo antiguo. América
lo sabe mejor que nadie, porque el continente lleva décadas conviviendo con
organizaciones que no sólo trafican droga, armas o personas, sino que también
administran silencios, cobran obediencias, regulan barrios, capturan rutas,
deciden quién trabaja, quién denuncia y quién desaparece.
Ahí está el verdadero problema. Las herramientas de IA no
llegan a una tierra impoluta, sino a un continente donde la violencia
organizada ya había aprendido a moverse por las grietas del Estado: puertos
vigilados a medias, policías mal pagados, fiscalías saturadas, comunidades
migrantes separadas por fronteras, jóvenes sin futuro y economías informales
que funcionan porque la legalidad no alcanza para todos. En ese horizonte, la
tecnología no sustituye al crimen. Lo vuelve más rápido, más barato y más
difícil de ubicar.
Durante años imaginamos al crimen organizado a partir de su
presencia física: el hombre armado en la esquina, la caravana en la carretera,
el puerto tomado por intermediarios, el barrio donde se sabe quién manda. Esa
geografía no desapareció. Pero ahora se superpone a otra, menos visible y quizá
más inquietante: bases de datos filtradas, voces sintéticas, perfiles robados,
bots, cuentas desechables, billeteras digitales, servidores cifrados y mensajes
escritos para tocar exactamente el nervio que paraliza a una víctima.
El territorio sigue importando. La diferencia es que ahora
también se disputa la percepción. Un grupo criminal puede no estar en todas
partes y, sin embargo, convencer a miles de personas de que sí lo está. Puede
no tener secuestrado a un hijo, pero hacer que una madre actúe como si lo
tuviera. Puede no incendiar una ciudad entera, pero sí llenar las pantallas de
imágenes de fuego hasta que el miedo haga el resto.
Esa es la máquina del miedo: no necesita producir toda la
violencia que anuncia. Le basta con producir una parte y multiplicar digitalmente
la sensación de amenaza.
El caso de los cárteles mexicanos permite ver con crudeza
esta mutación. Informes recientes de cooperación eurolatinoamericana han
descrito cómo estructuras como el Cártel Jalisco Nueva Generación y el Cártel
de Sinaloa han incorporado tecnologías emergentes a tareas de extorsión,
propaganda, vigilancia, fraude y movimiento de dinero. No se trata de
delincuentes improvisando con una aplicación de moda. Se trata de
organizaciones con capacidad logística, financiera y territorial que empiezan a
utilizar la IA como una capa más en sus operaciones.
En el viejo esquema, intimidar exigía cercanía: estar frente
a la víctima, seguirla, conocer su negocio, enviar a alguien. En el nuevo, una
parte de esa intimidación puede automatizarse. Un mensaje menciona el nombre de
un hijo. Una llamada reproduce la voz de un familiar. Un video falso simula una
golpiza. Una cuenta anónima difunde rumores de ataques. Una transferencia sale
antes de que la razón alcance al pánico.
Esto importa en América porque la región no solo está
conectada por rutas criminales, sino también por vínculos familiares. Millones
de personas viven con sus afectos repartidos entre países: madres en
Centroamérica con hijos en Estados Unidos, venezolanos enviando remesas desde
Chile, colombianos con familiares en España, mexicanos en California pendientes
de sus padres en Jalisco, ecuatorianos sosteniendo hogares desde el exterior.
La distancia, que ya era un golpe, ahora se convierte en una vulnerabilidad.
Quien conoce esa red afectiva puede convertirla en una herramienta de presión.
Por eso la llamada falsa no es un detalle menor. Toca uno de
los nervios centrales del continente: la familia, separada por la migración, la
violencia o la economía. El crimen organizado entiende algo que las
instituciones suelen olvidar: la gente no vive en expedientes, sino en
relaciones. Y son esas relaciones, no los sistemas, las que entran primero en
pánico.
También hay una dimensión política. Cuando un rumor
fabricado corre más rápido que la versión oficial, no sólo se engaña a una
persona. Se erosiona la autoridad pública. Tras episodios de violencia en
México, han circulado imágenes falsas o manipuladas que exageran el caos y
presentan ciudades enteras como territorios perdidos. Aunque los hechos reales
ya sean graves, la mentira añade otra capa: cierra comercios, paraliza
familias, confunde a periodistas y obliga a las autoridades a desmentir,
mientras la población ya tomó decisiones con miedo.
Un Estado no pierde el control únicamente cuando pierde una
calle. También lo pierde cuando ya no consigue que la ciudadanía crea su propia
descripción de lo que ocurre. La respuesta no puede limitarse a recomendar
prudencia. Decirle a una madre que desconfíe de la voz de su hijo es fácil
desde un escritorio; vivir ese segundo es otra cosa. La política pública debe partir
de una idea más honesta: cualquiera puede ser vulnerable cuando la amenaza
llega con una voz amada, un dato exacto y una urgencia fabricada.
América necesita una doctrina de seguridad que deje de
separar con tanta facilidad el crimen físico del digital. La extorsión por IA
no es menos real que la extorsión armada. El deepfake no es una travesura de
internet si sirve para someter a una familia, manipular una elección local o
aterrorizar a una comunidad. La desinformación criminal no es ruido: puede ser
una forma de control territorial sin presencia física.
Eso exige bancos capaces de frenar transferencias bajo
coacción, fiscalías que investiguen diseños digitales y no sólo autores
materiales, policías entrenadas en evidencia tecnológica, plataformas que
respondan ante campañas coordinadas, protocolos de verificación durante crisis
y cooperación regional para seguir datos, dinero y servidores con la misma
determinación con que antes se seguían cargamentos.
Pero también exige algo menos técnico y más difícil:
reconstruir la confianza. Donde nadie cree en la policía, el rumor gana. Donde
el periodismo local ha sido silenciado, la mentira gobierna. Donde las
instituciones llegan tarde, la amenaza llega primero. Ningún software
compensará por sí solo la ausencia de Estado, ni una aplicación resolverá lo
que durante años se dejó pudrir en barrios, fronteras, puertos y cárceles.
La IA suele discutirse en América como una promesa de
modernización: productividad, educación, salud e innovación. Todo eso importa.
Pero para mucha gente el primer contacto decisivo con esta tecnología quizá no
sea una herramienta útil, sino una voz falsa pidiendo rescate, un mensaje que
sabe demasiado, una imagen que convierte una ciudad herida en una ciudad
condenada.
El crimen organizado no abandonó las armas, los puertos ni
las rutas de la droga. Añadió otra infraestructura: datos, algoritmos, voces
sintéticas y mentiras capaces de cruzar fronteras sin pasaporte. El futuro del
crimen en América no siempre tendrá el ruido de una balacera. A veces tendrá la
intimidad de una llamada. Y tal vez por eso sea tan peligroso. Porque no toca
la puerta. Entra por aquello que todavía amamos, por aquello que todavía
creemos y por aquello que todavía tememos perder.

