Bolivia: entre la infocracia creciente y la democracia menguante
Edwin Guzmán Ortiz
Vivimos tiempos de
desesperanza y confusión --por decir lo menos, una coyuntura con la estructura
averiada como el Titanic, atravesando temporales de incertidumbre, donde buena
parte del país se halla preso de un agnosticismo político manifiesto. De la punta
del vértice, a la base plana y llana, se sufre un remezón que, dicho sin
ambages, se traduce en una crisis de múltiples y afiladas aristas. En tiempos
de crisis política hablemos ahora pues de política críticamente.
Una crítica sustancial de la
política empieza por la crítica del lenguaje. En los discursos de Rodrigo y
Tuto no se percibe renovación, propuestas gravitantes de cambio, un salto
cualitativo que permita un país posible, remontando las inconductas y el
descalabro político del MAS. Las palabras
son máscaras y es necesario ver qué hay detrás de ellas. El pasado discurso y
práctica del neoliberalismo en el país, que no tuvo resultados felices, vuelve
nuevamente a escena con el mismo tufo y rostros apenas retocados por el make-up
de asesores y de medios. Nos debatimos
en una severa crisis de representatividad y deflación ideológica. Otra vez la
ola de privatizaciones, el asistencialismo cómplice a las empresas privadas,
las políticas irrestrictas de mercado, la fabricación de consumidores, el
endeudamiento externo, la asfixia a los programas sociales y, en consecuencia,
el incremento negativo del índice de Gini. No se trata solo de la
redistribución inequitativa del excedente, se trata del anegamiento social, el
incremento de las diferencias de clase, la marginalidad, el fomento de una
población de petimetres y misses, universidades desideologizadas e
indoctrinadas en la teología del mercado total, bajo la idiocia cómplice de
Trump, y en franco contubernio con Milei cuyo voceado neoliberalismo –dicho sea
de paso- enfrenta graves problemas de corrupción y un descenso evidente del
apoyo ciudadano.
En la mancuerna del balotaje,
preocupa la ausencia de políticas educativas que, bien sabemos, constituyen el
motor cualitativo del cambio social. La inexistencia de un nuevo liderazgo y la
crisis económica es producto de esta falencia. En cambio, se recurre al boom de
la tecnología proclamada demagógicamente, cuando la misma requiere de una
institucionalidad y políticas integrales que la sostengan, un acceso
democrático a la misma y el respeto al ethos de nuestra diversidad cultural.
Solo se publicita sus beneficios, pero se callan los problemas que implica: la
pérdida de la capacidad de diálogo democrático, la abstracción de la cultura
libresca, el escaso desarrollo de las competencias críticas, el demérito de las
capacidades de atención y razonamiento fundamentales para una ciudadanía
responsable y para un profesional integral. Infocracia creciente y democracia
menguante. Lo paradójico es que sin alcanzar la revolución industrial se
pretenda saltar a la revolución cibernética de la IA, sin un puente
competencial y gnoseológico. Las “fake news”, la concentración de poder y la
dependencia son hijas de la infocracia; la verdad factual junto a los argumentos
sólidos -cada vez más escasos- son objeto de elusión y manipulación digital. El
pensamiento crítico y la creatividad son capital prioritarios, después vienen
las redes. Riesgoso caer exclusivamente en dictadura del algoritmo y el
omnipoder centralizado de los nuevos sacerdotes del chip.
La justicia es un empleado
sumiso del régimen de turno
Una serie de males congénitos
no superados forman parte del inconsciente político del Estado (del que la
ideología no es sino un síntoma). La enfermedad arraigada del caudillismo junto
a la rémora de un funcionariado signado por el clientelismo, nepotismo,
improvisación y cuoteo político; patologías crónicas excluyentes del Estado en
todos los gobiernos, improbable que puedan ser erradicadas. La justicia es un
empleado sumiso del régimen de turno.
La necesidad de una estructura
política solvente y orgánica a nivel nacional es una condición básica de
gobierno. Es más, un equipo tecnopolítico integrado. Los actuales partidos,
además de ideologías alquiladas y difusas, no garantizan un aparato sólido
capaz de construir una gobernabilidad medianamente equilibrada. Parte de la
cultura política del país estriba en una conflictividad permanente y los
movimientos sociales además de su tradición de lucha, son intransigentes en la
defensa de sus derechos y conquistas sociales, no dando fácilmente brazo a
torcer, aun cuando sus demandas sean
corporativas y demagógicas. El nuevo funcionariado subalterno en camino,
bisoño, políticamente semianalfabeto, e inexperiente en la “Realpolitik”,
todavía deberá aprender a gestionar –en medio del quitoneo de cargos- desde los
trámites burocráticos hasta las políticas de gobierno, desde lo normativo a los
procedimientos administrativos, desde la experticia técnica hasta el
relacionamiento y la coordinación interna. Administrar el aparato de gobierno
es harto complejo, más en periodo crítico. No olvidar que el Leviatán de Hobbes
también rumia dentro el propio Estado.
En el urgente desafío de
enfrentar la crisis económica y política actual, será fácil desestructurar lo
estructurado? Existe un aparato normativo e institucional que parte de la
Constitución y un modelo de Estado que ha calado durante décadas en la
subjetividad colectiva, internalizando derechos, obligaciones y conquistas
sociales que no podrán ser suprimidos de facto. Lo que no quiere decir que los
vacíos legales, vicios de administración, la corruptela, incongruencias y un
revisionismo participativo deban ser enfrentados oportunamente. Es fama en el
neoliberalismo la atrofia de la sensibilidad social, le interesan más los
mercados, los consumidores y el rédito. Cabe subrayar que el Estado no es una
empresa, ni un promotor exclusivo de empresas, sino un órgano de poder cuyo rol
es administrar, organizar y promover el desarrollo integral democráticamente.
Por ello, urge preguntarnos, qué tipo de democracia queremos y a qué democracia
vamos?, La participación social en la toma de decisiones es crucial, sería
impertinente gobernar a punta de decretos y de repre.
Conocer el país es condición
sine qua non de un buen gobierno. No solo las culturas, la vasta gama
institucional, las problemáticas regionales y sectoriales sino además las
estructuras organizativas locales históricamente ancladas en lo popular e
indígena, injustamente invisibilizadas, a objeto de incorporarlas
participativamente a la vida nacional; no sin sagacidad, Raúl Prada, las
bautizó como “los movimientos moleculares de la multitud”.
Es necesario repensar profunda
y profusamente lo político de la política --desafío por el momento dificultoso.
Urge desmontar la demagogia y la concentración de poder, ajusticiar la
corrupción y partear nuevos liderazgos. El país tiene hambre de justicia y
equidad. Necesitamos reinventarnos, creer en nosotros para reconstruir de a
poco las certidumbres y la confianza mutua --valor supremo de la convivencia.

