Bolivia pierde la soberanía de su moneda y se dolarizan las tarifas de los servicios básicos
Por: José María Herbas
Postigo / Investigador y Consultor en Agua y Medio Ambiente
Bolivia atraviesa una
transformación económica profunda y silenciosa, donde la soberanía monetaria
—aquel pilar histórico que otorgó certidumbre a las familias durante casi dos
décadas— se desvanece de forma sistemática. Aunque los discursos oficiales eviten
calificar el fenómeno de forma explícita, la lectura objetiva de las facturas
de cobranza demuestra que el bolsillo de los hogares trabajadores ha comenzado
a marchar al ritmo que impone la divisa norteamericana. Este escenario no
constituye un evento aislado, sino la reactivación de fórmulas técnicas de
indexación que en el pasado provocaron severas convulsiones sociales en el
país.
Para dimensionar el
alcance de esta metamorfosis no se requiere ser un especialista en finanzas;
basta con contrastar la fría estadística oficial con la realidad de los
mercados. Mientras el Instituto Nacional de Estadística (INE) proyecta una
variación del Índice de Precios al Consumidor (IPC) con cifras moderadas o
mesuradas, la percepción ciudadana experimenta un choque térmico contundente.
En el comercio cotidiano, la pérdida del poder adquisitivo de la moneda
nacional se percibe en aumentos reales de dos a tres dígitos en insumos
importados, repuestos, medicamentos y productos de la canasta familiar básica,
marcando una brecha abismal entre el índice formal y el precio real de
mostrador.
En este contexto, la
indexación tarifaria avanza mediante normativas específicas. En el sector
eléctrico, disposiciones de flexibilización regulatoria contempladas en
decretos como el D.S. 5704 y el D.S. 5750 han vinculado el cálculo del costo de
generación y distribución de energía a variables operativas internacionales y a
la cotización del dólar norteamericano. Aunque el usuario pague formalmente en
bolivianos, el costo de cada kilovatio-hora (kWh) —que históricamente
promediaba rangos de contención social entre 0,60 y 0,85 Bs/kWh según la
categoría urbana— queda sujeto a una volatilidad técnica y fletes logísticos
que el Estado ya no logra amortiguar por completo.
De igual forma, el
suministro de agua potable sufre esta presión a través de un mecanismo de
traslación indirecto pero constante: la inflación importada eleva los costos de
producción y mantenimiento, acelerando automáticamente la Unidad de Fomento de
Vivienda (UFV) fijada por el Banco Central de Bolivia (BCB), la cual supera hoy
los Bs 3,35 por UFV. Al amparo de Decretos Supremos de ajuste continuo
como el D.S. 5647, que facultan indexaciones y variaciones de hasta un 5%
mensual en las estructuras tarifarias de los operadores de servicios, el
derecho al agua potable se convierte en una variable económica atada al
ritmo de la inflación.
Las lecciones de
nuestra historia contemporánea
Esta subordinación de
los servicios básicos a la dinámica cambiaria evoca episodios determinantes de
la historia reciente en los que la sociedad civil organizada se movilizó para
preservar su subsistencia:
- Cochabamba (Año 2000): La recordada Guerra del Agua no surgió de un
debate teórico sobre la gestión pública, sino del rechazo a una fórmula
matemática que indexaba automáticamente las tarifas del agua al dólar
estadounidense y a la inflación externa. Cada variación del tipo de cambio
convertía la factura en una cifra inasumible, gatillando un levantamiento
social en defensa de un recurso vital.
- El Alto y La Paz (2005–2006): Pocos años después, las
familias de los distritos periurbanos impulsaron la rescisión del contrato
de concesión con la transnacional Aguas del Illimani. El factor
desencadenante fue idéntico: esquemas tarifarios dolarizados que
transformaban el derecho a la conexión domiciliaria en un lujo inaccesible
para los sectores de menores ingresos.
El debate actual:
¿Hacia dónde se dirigen los subsidios y la red de contención social?
En la coyuntura
presente, la falta de un plan de desarrollo estructural ha derivado en una
administración económica fuertemente dependiente de decretos de urgencia.
Medidas destinadas a resolver la iliquidez energética mediante la apertura a
intermediarios privados —como las reglas adoptadas para la importación y
comercialización de carburantes bajo el D.S. 5704— reflejan un cambio de modelo
en el que la regulación estatal cede espacio a la lógica del mercado
internacional. Analistas y organizaciones sociales observan con inquietud que
la quita paulatina de los subsidios a los combustibles y la flexibilización de
las tarifas de los servicios públicos respondan a condicionamientos de
organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI).
La principal incógnita
técnica y política reside en la sostenibilidad financiera del modelo de
protección social. Si la lógica del "sinceramiento" de costos avanza
sin mecanismos de compensación, el riesgo se traslada directamente hacia la
salud patrimonial de empresas estratégicas como ENTEL, entre otros.
Históricamente, los excedentes de estas corporaciones públicas han financiado
los bonos sociales (Bono Juancito Pinto, Bono Juana Azurduy y Renta Dignidad)
que sostienen a millones de niños, madres y adultos mayores. Debilitar su
función redistributiva bajo criterios estrictamente comerciales pondría en
riesgo la red de contención social más importante del país.
Conclusión
El peso de las
decisiones macroeconómicas no es una formulación teórica; recae cotidianamente
sobre las familias trabajadoras que viven al día. Frente al descontento social
ante ajustes no consensuados, apelar a la ampliación de estados de excepción o
medidas de fuerza no resuelve las tensiones de fondo; por el contrario,
restringe derechos fundamentales y profundiza la inestabilidad.
La verdadera
certidumbre económica y social no se impone mediante decretos expedidos al
calor de la emergencia; se edifica devolviendo la soberanía a la moneda
nacional, transparentando los costos reales de los servicios y protegiendo el
bolsillo de quienes con su esfuerzo diario sostienen el aparato productivo del
país.

