EL CINE QUE HABITA BOLIVIA
Por Oscar Okie Cárdenas (Cardenseen)
21 de marzo día del Cine Boliviano. Un día que, más que
celebración, invita a una
profunda reflexión sobre el estado real de nuestro cine.
Cada año se repite el ritual:
discursos, entrevistas, algún homenaje simbólico, los medios
recordarán que existe
el cine boliviano. Invitarán a algún director, a algún
actor, se dirán algunas frases de
ocasión… y mañana todo volverá al silencio.
El cine boliviano vive en una contradicción permanente:
existe gracias a la
obstinación de sus creadores, pero sobrevive prácticamente
abandonado por las
políticas públicas del Estado y, en gran medida, también por
su propio público.
Durante años se ha hablado de la necesidad de consolidar una
industria
cinematográfica nacional, pero la realidad demuestra que esa
industria aún no
existe. Lo que existe es la voluntad de cineastas que, a
pesar de todo, siguen
filmando.
El cine, desde su nacimiento a finales del siglo XIX, ha
sido mucho más que una
forma de entretenimiento. Es memoria, pensamiento, lenguaje,
imaginación
colectiva. Un arte capaz de interrogar la realidad y, al
mismo tiempo, reinventarla.
Como afirmaba Andrei Tarkovsky, el cine consiste en
“esculpir el tiempo”. Y en
esa breve definición está contenida toda la dimensión
poética de este arte: capturar
el instante y convertirlo en experiencia, en reflexión, en
memoria.
Para Federico Fellini, el cine era la forma más cercana que
tiene el ser humano de
compartir los sueños. Mientras que Akira Kurosawa afirmaba
que a través del cine
es posible comprender con mayor profundidad la naturaleza
humana. Estas ideas
no son simples frases célebres: expresan la comprensión
profunda de que el cine
es una herramienta cultural capaz de construir imaginarios,
identidades y memoria
histórica.
En 2017 se promulgó una ley destinada a fortalecer el cine y
el audiovisual boliviano.
Han pasado años y esa ley sigue sin entrar plenamente en
vigencia porque dos
artículos nunca fueron corregidos. Dos artículos que impiden
que el sistema pueda
gestionar recursos reales para el sector. Así funciona nuestro
país: se anuncian
leyes, se celebran leyes, pero nunca se aplican.
Las gestiones que hemos emprendido con ASOCINE, Mela, Paolo,
Marcos, en
distintas instancias legislativas y ministeriales, se han
visto sistemáticamente
diluidas en una burocracia inerte, donde reuniones, mesas de
trabajo y promesas
institucionales no han derivado en acciones concretas ni en
políticas efectivas para
el fortalecimiento del sector cinematográfico. A pesar de la
insistencia y presencia
en espacios formales de diálogo, el resultado ha sido, en
términos prácticos, nulo:
ninguna normativa sustantiva, ningún mecanismo de
financiamiento sostenible,
ninguna voluntad política real que trascienda el discurso.
Así, dichas gestiones han
terminado por evidenciar no solo la falta de respuesta
estatal, sino también la
profunda desconexión entre las instancias de decisión y las
necesidades urgentes
del cine nacional.
Mientras tanto, las instituciones creadas para impulsar el
sector han quedado
reducidas a acciones mínimas. ADECINE, por ejemplo, termina
limitándose a
administrar pequeños fondos del Estado y a difundir, en
redes sociales, el cartel de
alguna película que está por estrenarse o la noticia de
alguna selección en un
festival internacional lograda por algún cineasta boliviano.
Acciones valiosas, sí,
pero claramente insuficientes frente a las necesidades
estructurales del sector.
Tampoco desde los distintos niveles de la política pública
se han generado
verdaderas estrategias para el desarrollo de la actividad
cinematográfica. La
Alcaldía de La Paz anunció en su momento la creación de una
Film Commission,
pero lo que terminó existiendo fue apenas una oficina que
otorga permisos de rodaje
a estudiantes universitarios en algunas locaciones
municipales. Pero una Film
Commission real tiene otra misión: promover el territorio
como destino de
producciones nacionales e internacionales, promueve
locaciones, genera inversión
y empleo dinamiza la economía y posiciona al país dentro del
mapa cinematográfico
global.
Ante este panorama, los directores —que son el origen de la
mayoría de los
proyectos— se ven obligados a convertirse también en
productores, gestores y
financistas de sus propias películas. El cine boliviano se
sigue haciendo gracias a
la autogestión: recurriendo a la empresa privada, a amigos,
a pequeñas alianzas y
a una enorme dosis de fe en el proyecto… entre milagros. La
mayoría de las
películas bolivianas nacen del riesgo personal y de una
obstinación que muchas
veces roza la locura.
Aun así, algo se está moviendo. Nuevas generaciones de
cineastas están
apareciendo, explorando géneros distintos, contando
historias con nuevas miradas.
Poco a poco se empieza a percibir el germen de una industria
posible. Pero esa
industria nace a pesar del sistema, no gracias a él.
En Bolivia, los festivales de cine existentes han mutado en
vitrinas complacientes
que se alimentan del trabajo ajeno mientras simulan ser
motores de difusión. Se
apropian del discurso de la “circulación” y la “formación de
públicos”, pero en la
práctica encierran las películas en circuitos mínimos,
repetitivos y
autoreferenciales, donde las obras son consumidas por los
mismos de siempre.
Prometen visibilidad, pero entregan invisibilidad maquillada
de prestigio; prometen
impacto, pero producen eco vacío. Bajo una lógica que roza
lo extractivo,
capitalizan el valor simbólico de las películas sin
devolverles condiciones reales de
exhibición, distribución ni sostenibilidad, convirtiendo al
cine en un recurso
decorativo para agendas institucionales que poco o nada
transforman la relación
entre las obras y la sociedad.
Las salas de exhibición tambien son otro aspecto negativo
para el cine boliviano.
Las películas bolivianas suelen recibir horarios marginales
o una permanencia
mínima en cartelera, lo que dificulta la construcción de un
verdadero vínculo con el
público. En paralelo, la globalización de la comunicación y
las plataformas digitales
permiten cierta visibilidad internacional, pero de forma
todavía limitada.
La globalización de la comunicación y las plataformas
digitales ayudan a que
algunas obras encuentren visibilidad fuera del país, pero
ese fenómeno todavía es
insuficiente para sostener un ecosistema cinematográfico
real.
Y en medio de esta precariedad estructural, aparecen algunos
seudocríticos que,
leídos por cuatro gatos, creen sentenciar el destino de las
películas bolivianas. En
las grandes industrias del cine la crítica especializada
puede influir en el éxito o
fracaso de una película. En Bolivia, esa pretensión resulta
más cercana al ruido a la
caricatura, que a un aporte real al desarrollo del cine.
Por eso, en este Día del Cine Boliviano conviene decirlo sin
rodeos:
No hay industria cinematográfica.
No hay políticas públicas reales.
No hay condiciones dignas de exhibición.
Lo que sí hay son cineastas.
Cineastas que escriben, producen, filman y terminan sus
películas contra todas las
probabilidades. Cineastas que siguen creyendo que contar
historias desde Bolivia
es necesario, aunque el sistema les dé la espalda.
Y aun así, el cine boliviano existe.
Y mientras las cosas no cambien, seguiremos haciendo cine de
la única forma que
sabemos hacerlo en este país:
contra todo.
Aquí el cine ha sobrevivido casi siempre como un acto de
resistencia cultural.
Porque incluso en las condiciones más adversas, el cine
sigue siendo —como lo
entendieron los grandes maestros del arte cinematográfico—
una forma de libertad,
de memoria y de imaginación colectiva.
Tal vez por eso, a pesar de todo, seguimos filmando.
No porque el sistema nos lo facilite,
sino porque el cine, para quienes lo hacemos,
no es solo una profesión.
Es una forma de
existir.
Oscar Okie Cárdenas (Cardenseen) es guionista y director de
cine boliviano, cuya
obra se caracteriza por una mirada autoral íntima. Es
director de la productora
Cinecéfiro y del Centro de Cinematografía de los Andes,
desde donde impulsa la
creación y formación audiovisual independiente. Miembro de
ASOCINE, Entre sus
peliculas se encuentran ESPERAR EN EL LAGO, VIDAS LEJANAS,
UNAY,
RESPLANDOR DE FE, ENTRE SANTOS CHOLAS Y MORENOS, y la
pelicula
EL MUSEO DE LA SOLEDAD proxima a estrenarse, proyectos que
consolidan
una búsqueda estética personal y un compromiso sostenido con
el cine como
expresión artística y territorio de resistencia cultural.

