El "novato" del debate terminó dando la clase
#Opinión
Pedro Cardozo
Después de dos décadas de silencio en los escenarios del
debate presidencial, Bolivia volvió a ver a sus candidatos cara a cara. Para
muchos jóvenes que ni siquiera habían nacido la última vez que ocurrió algo
así, fue una experiencia inédita, intensa, y —aunque no todos lo admitirán—
necesaria. Pero en medio de ese retorno a la confrontación política cara a
cara, hubo una sorpresa que pocos anticiparon: Eduardo del Castillo, quien
marchaba séptimo en las encuestas, logró algo que no estaba en el libreto de
nadie.
En un escenario que reunió a nombres clásicos como Manfred
Reyes Villa, Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina y Johnny Fernández, era fácil
prever lo que se vería: un desfile de fórmulas conocidas, rostros repetidos y
recetas de los años 90 envueltas en nuevo marketing. La “vieja política” se
presentó, esta vez, sin rubor y sin disimulo, prometiendo lo mismo de siempre
con una envoltura distinta. A pesar de la necesidad urgente de renovación, esa
vieja política sigue viva y, peor aún, no deja que nazca lo nuevo.
Sin embargo, algo cambió cuando tomó la palabra Eduardo del
Castillo. Pese a estar en el sótano de las encuestas, todos los ojos —y
micrófonos— terminaron apuntando hacia él. No por error ni por cortesía. Fue
una decisión de sus rivales. Tuto, Samuel y Manfred, en vez de apuntar sus
preguntas al favorito —como dicta la estrategia lógica— decidieron interpelar
una y otra vez a Del Castillo. Le regalaron minutos de oro. Minutos que él no
desperdició.
Del Castillo no sólo respondió. Aprovechó. Mostró temple,
claridad y, sobre todo, algo que parecía perdido en este proceso: una propuesta
concreta. Su intervención fue sobria, sin gestos teatrales, sin ataques
personales y con conocimiento. En contraste, figuras como Tuto Quiroga
decepcionaron. Tenía en sus manos la oportunidad de brillar, de acorralar a
Samuel, de demostrar liderazgo... pero no lo hizo. Sus intervenciones fueron
tibias, y los gestos de burla le restaron más de lo que pudo haber ganado con
una buena frase.
Y mientras Andrónico Rodríguez, candidato ambiguo, decidía
no asistir —y perdía valioso capital simbólico entre los electores jóvenes—. No
soy religioso, pero comparto esa advertencia tan lúcida del Apocalipsis: los
tibios no transforman nada, y al final, la historia los escupe de su curso.
El único candidato joven de izquierda que sí estuvo
presente se desmarcó del viejo molde. Del Castillo no sólo mostró distancia de
los errores del pasado, sino que encarnó una renovación real. Frente a un
electorado que pide cambios, especialmente en las clases medias y entre los
indecisos, su mensaje fue más fresco, firme y coherente.
Paradójicamente, fueron sus contrincantes quienes lo
catapultaron. Al elegirlo como blanco de sus preguntas, al tratar de usarlo
como peldaño, terminaron dándole la altura que le faltaba. En lugar de
acorralarlo, lo legitimaron. Y, en política, ser tomado en cuenta por los
grandes ya es una señal de que algo se está moviendo.
¿Fue casualidad? ¿Subestimación? ¿Temor de enfrentarse
entre los favoritos? Puede ser todo eso. Pero lo cierto es que Eduardo del
Castillo aprovechó un escenario adverso para reposicionarse. En una noche donde
unos decepcionaron, otros se estancaron y uno faltó, él se mostró. Y en tiempos
de política líquida, donde la imagen en un debate puede pesar tanto como una campaña
entera, eso no es poca cosa.
Faltan 41 días para las elecciones. Todavía no está dicho
todo. Pero en una carrera donde pocos esperaban giros dramáticos, Eduardo del
Castillo ya no puede ser considerado un simple actor de reparto. A veces, el
debate no sólo revela quién está preparado. También revela quién está
subestimado.

