ERNESTO RENGEL: DE TESIS Y TELONES, PEDAGOGÍA CON ALMA

Una vida escrita en escenas:

ERNESTO RENGEL: DE TESIS Y TELONES, PEDAGOGÍA CON ALMA

Por: Pablo Alcalá

De la cancha al escenario: un actor con botines viejos en la mochila.

Antes de que subiera a las tablas, Ernesto Hugo Rengel Veizaga sabía lo que era correr detrás de un balón con la vida entera en los pulmones. Fue futbolista, jugó con la seriedad de quien entiende que el esfuerzo colectivo es una forma de arte. Pero un día cambió los botines por los personajes, y las canchas por los escenarios. No fue una renuncia: fue una transformación.

Hoy, sus días se dividen entre la docencia universitaria —en la UPEA y la UMSA—, los sets de grabación, los rodajes sin pausa, las obras de teatro, y las entrevistas deportivas, donde su voz se convierte en memoria viva de una pasión en “Órbita Deportes”, sus crónicas no solo narran resultados, narran emociones. Porque Ernesto no solo analiza el fútbol: lo siente. Lo vivió.

Lo que impresiona no es la cantidad de personajes que ha encarnado —capitanes, novios, mineros, padres, asesinos, notarios, incluso un león cobarde—. Lo que conmueve es que ninguno de ellos ha dejado intacto a su intérprete. En cada uno se ha roto un poco para volver a nacer.

Pero su arte no se limita al teatro, también ha sido rostro de campañas publicitarias memorables, desde dirigencia vecinal hasta un abogado convincente o un papá que advierte con ternura. Su versatilidad no es una técnica: es una forma de habitar cada historia, de hacerla suya.

Cine a pulmón:

rodar en el abismo, narrar desde la trinchera

Ahí en la esquina está el infierno no es solo el título de su más reciente mediometraje, es una advertencia, una promesa. Codirigida junto a Johnny Campos, esta obra es un retrato alucinante de la noche alteña, donde se funden la pérdida, el deseo, la locura y la ciudad. Allí donde otros ven caos, ellos vieron cine. Ernesto filma con los medios que tiene y la entrega que no todos tienen. Sin alfombras rojas, sin sets glamorosos. Con estudiantes que aprenden a encuadrar la realidad con rebeldía, con actores que descubren su voz entre el humo de un boliche. Filma como quien resiste, como quien cree, como docente, no solo enseña teoría: enseña cuerpo, voz, experiencia. Corrige tesis hasta la madrugada, guía procesos investigativos con la misma pasión que le imprime a un ensayo teatral. En sus clases, el texto convive con la calle. Y mientras Aristófanes se sienta en el pupitre de al lado, un TikTok bien narrado puede abrir una puerta a la crítica social.

Su teatro no es academicista, es humano. Va del clásico griego al humor callejero, del monólogo desgarrado al sketch cómico. Y todo lo hace con la seriedad del que sabe que el arte también es un servicio.

La fe, la familia y la llama que no se apaga

Muchos creen que para enseñar basta con tener títulos. Ernesto cree que hay que tener heridas, historias, dudas, y sobre todo, compromiso. Su tesis doctoral sobre liderazgo comunitario y juventud alteña no es un requisito académico: es una apuesta política. Cree que los jóvenes pueden transformar, y lo demuestra cada día con su trabajo, su ejemplo y su palabra.

Pero no está solo. Lo sostiene una fe firme en el Tata Santiago, guía espiritual de cada paso. Y lo acompaña su familia, su primer refugio, su centro. Son ellos quienes lo empujan a seguir actuando, escribiendo, filmando, enseñando, incluso cuando el cansancio aprieta. Su voz —esa mezcla de cronista, docente, actor y soñador— no se ha rendido ni se rendirá.

Ernesto Hugo Rengel Veizaga no quiere ser recordado por los aplausos. Quiere ser recordado por haber tocado vidas. Por haber dicho algo importante en el momento justo. Por haber mirado a sus estudiantes, actores o colegas, y haberles dicho sin palabras: “Tú también puedes cambiar esta escena.”