Jorge Hidalgo: El alquimista de las tablas y las cámaras

Ernesto Rengel

El arte como herencia: tizas, pantomimas y sueños.

Desde muy pequeño, Jorge Hidalgo no eligió al arte; el arte lo eligió a él. Creció entre pizarrones y tizas de colores, objetos cotidianos que sus abuelos —profesores de vocación— le regalaron sin imaginar que, con ellos, dibujaría los paisajes de una vida dedicada a la creación. En el patio de su casa, con su hermana como cómplice, trazaba mundos que luego tomaban forma con disfraces improvisados y títeres hechos de medias rotas.

“El arte siempre estuvo ahí, bullendo a mi alrededor”, recuerda con una sonrisa que parece viajar en el tiempo. La música de sus tíos, los primeros dibujos, los títeres de papel maché y la fascinación por el teatro se convirtieron en los cimientos de una carrera que comenzó a forjarse cuando apenas era un adolescente. A los 15 años tomó su primer taller con Ninón Dávalos, la maestra que le reveló los secretos de ser actor. “Éramos 150 jóvenes, y al final solo quedamos tres. Ahí entendí que este camino no es para cualquiera”.

En el colegio, Jorge ya era un actor en potencia. Sus obras ganaban festivales, y su pasión por la pantomima lo llevó a formar el grupo “Sutil Conspirador”, con el que conquistó los teatros más importantes. Pero también descubrió que el arte, como la vida, está lleno de lecciones duras: “El ego puede destruir lo que más amas. Aprendí eso cuando el grupo se disolvió, y tuve que continuar como un mimo solitario”.

El teatro y el cine: una pugna entre el alma y la técnica

Para Jorge, el teatro es la madre de todas las artes escénicas, pero su corazón late más fuerte por el cine. “El teatro es explosión, es convivio, es entrega al público en vivo. Pero el cine… el cine es magia. Te permite entrar en la mente del personaje, explorar cada detalle, cada mirada, cada silencio”.

Habla del teatro con reverencia, pero también con una visión crítica. “El teatro que conocimos está cambiando. La pandemia lo empujó hacia lo digital, y ahora las redes sociales están llenas de nuevos actores que no han pisado un escenario, pero que logran conectar con la gente. Es un fenómeno interesante, aunque creo que nunca podrá sustituir la experiencia de estar frente al público”.

El cine, por otro lado, le ha permitido explorar un mundo de posibilidades técnicas y narrativas que lo fascinan. “En el teatro, si te equivocas, no hay vuelta atrás. Pero en el cine puedes repetir, mejorar, pulir. Es un arte detallista, íntimo, y eso me enloquece”.

El legado: más allá de las tablas

Cuando habla de legado, Jorge no piensa en premios ni en carteles con su nombre. Piensa en sus hijos, en su esposa y en los cientos de alumnos que han pasado por sus talleres. “El verdadero legado está en la sangre y en el conocimiento que dejamos. Mis hijos crecieron rodeados de arte, y ahora ellos mismos lo proponen, lo transforman. Eso es lo más valioso que puedo dejar”.

Pero el legado también implica una responsabilidad social. “No basta con enseñar a actuar; hay que formar seres humanos críticos, curiosos, capaces de aportar algo al mundo. Me molesta ver a gente que se proclama ‘maestro’ sin tener preparación pedagógica. Un maestro no se autodenomina; un maestro se gana ese título con trabajo y humildad”.

A sus alumnos, Jorge siempre les dice lo mismo: “Prepárense. No imiten. Encuentren su propia voz. El arte no necesita más copias, necesita originalidad y valentía”.

Un artista en eterna construcción

Con 40 años de carrera, Jorge Hidalgo sigue siendo un aprendiz del arte y de la vida. Para él, cada personaje, cada obra y cada película son una oportunidad de reinventarse. “El arte no es estático, como tampoco lo somos nosotros. Por eso sigo buscando, explorando, aprendiendo. Porque en el momento en que crees que ya lo sabes todo, dejas de ser artista”.