Óscar Salazar Crespo, cineasta
ÓSCAR SALAZAR: EL CINE COMO PROVOCACIÓN, EL RELATO COMO REVANCHA
Por: Ernesto Rengel
De la publicidad al set: la reinvención de un provocador
Óscar Salazar Crespo no se define como cineasta. Tampoco
como artista. Si se le pregunta por una palabra que condense su cine responde
con una sonrisa torcida: “Irresponsabilidad”. Pero detrás de esa provocación se
esconde una biografía intensa, tejida entre la sátira publicitaria, la memoria
familiar y una convicción feroz por contar historias con emoción. De niño ya
dirigía un programa ficticio en la góndola del colegio, y a los 19 años ya era
publicista en McCann Erickson. El salto al cine no fue una epifanía mística,
sino una acumulación de pasiones, frustraciones y coraje. “Mi esposa Mariela me
hizo ver que yo podía dirigir. Y desde entonces no paré”.
Su transición fue tan orgánica como brutal: del éxito
publicitario al fracaso comercial con una superproducción estrenada justo antes
del estallido político de 2019. “Quedamos endeudados, con un millón de dólares
en producción y un país ardiendo”, recuerda. Pero su respuesta no fue el
lamento, sino la reconstrucción. Salazar no habla de cine como arte puro, sino
como empresa, como industria que debe dejar de mendigar y empezar a producir
para su público real: los bolivianos.
Contra la porno miseria: filmar una Bolivia que brilla
Óscar tiene una herida abierta con la forma en que se ha
mostrado Bolivia en las pantallas. “La porno miseria le gusta al público
extranjero, pero yo no hago cine para que sientan lástima por nosotros. Hago
cine para que nos sintamos orgullosos de ser bolivianos. Punto”. Su mirada es
clara: hay demasiadas películas que venden sufrimiento y pobreza, y muy pocas
que se atreven a narrar desde la gloria, la dignidad o incluso la magia.
Su vínculo más íntimo con la historia boliviana viene desde
su abuelo, quien le transmitió, a falta de padre, los relatos de la Guerra del
Chaco y la La Paz de otra época. “Crecí entre fusiles, héroes y una ciudad tan
señorial como indigenista”, dice. Ese imaginario lo marcó tanto que aún llora
al recordar la escena que más lo conmovió dirigir: el ingreso del personaje de
Mariano al mausoleo de los Héroes del Chaco en Fuertes. “Desearía que mi abuelo
lo hubiera visto. Estoy seguro de que hubiera llorado”.
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