Alejandro Gonzales Iñarritu, director de cine
Alejandro Gonzales Iñarritu: “Yo conozco la cultura estadounidense. Ellos no conocen un carajo de la mexicana”
El actor mexicano lanzó una dura sentencia sobre el tipo de relación que existe entre Estados
Unidos y México en el conocimiento de sus culturas y lamentó que esa relación sea tan asimétrica: “Yo conozco la cultura estadounidense. Ellos
no conocen un carajo de la mexicana”, sostuvo.
La frase cayó como un bloque de granito en el estanque de la
industria cinematográfica. No fue un exabrupto de alfombra roja, sino la
síntesis de una vida entera cruzando fronteras, no solo geográficas, sino
narrativas.
Alejandro González Iñárritu no habla desde el resentimiento
del forastero, sino desde la lucidez del que ha diseccionado ambas realidades.
Para el cineasta, la relación entre Hollywood y México ha sido históricamente
una calle de un solo sentido. Mientras el creador mexicano ha tenido que
aprender a hablar el lenguaje del imperio —sus ritmos, sus héroes, sus
estructuras de tres actos y sus obsesiones individuales—, el vecino del norte
se ha conformado con una postal amarillenta, un estereotipo que huele a polvo y
suena a mariachi de utilería.
La mirada bifocal
Iñárritu, un habitante de la "tierra de en medio",
ha logrado lo que pocos: dominar la maquinaria de los grandes estudios sin
perder el pulso de la calle mexicana. Esa mirada bifocal le permite ver las
costuras de un sistema que, bajo el velo de la globalización, suele ser
profundamente parroquial. Para Estados Unidos, lo mexicano es a menudo un
"otro" exótico o una amenaza estadística; para Iñárritu, lo mexicano
es una complejidad existencial que no cabe en una categoría de género
cinematográfico.
La crónica de esta declaración se escribe en los sets de
filmación. Se siente cuando un productor sugiere un "toque más
latino" o cuando el guion reduce una tragedia social a un conflicto de
policías y ladrones. Iñárritu señala la miopía cultural: un país que consume el
mundo pero se niega a traducirlo con honestidad.
La asimetría del conocimiento
El punto de quiebre de su argumento radica en la exposición
obligatoria. El mexicano conoce la cultura estadounidense porque la respira en
el cine, la consume en la música y la sufre en la política económica. Es una
supervivencia intelectual. En cambio, el desconocimiento estadounidense sobre
lo mexicano es un privilegio. No han necesitado conocer "un carajo"
para ejercer su influencia.
El conocimiento como herramienta: Para Iñárritu, conocer al
otro ha sido su pase de entrada a la universalidad. La ignorancia como barrera:
Para la industria estadounidense, su desconocimiento es el muro que les impide
ver la verdadera riqueza humana al sur del Río Bravo.
Un reclamo de dignidad
Al final, esta declaración es un acto de soberanía artística. Al decir "no conocen un carajo", Iñárritu está trazando una línea en la arena. Está reclamando el derecho a la complejidad. El cineasta nos recuerda que no basta con estar en la misma pantalla; el verdadero encuentro solo ocurre cuando se está dispuesto a abandonar el prejuicio y reconocer que, detrás de la frontera, no hay un estereotipo, sino una cultura milenaria que ellos, sencillamente, no han querido mirar a los ojos.
"La cultura no es algo que se consume, es algo que se
habita. Y mientras ellos solo quieran consumir 'lo mexicano', seguirán sin
entender nada."

