En siglo XVI Potosí fue el corazón metálico de la economía mundial

Por Keshia Loza C.

Hablar de Potosí es hablar de la historia del Cerro Rico. Esta montaña ha visto la transformación de la zona y de las culturas que han pasado ante sí. Aunque hoy está muy afectada por la sobre explotación minera, la montaña sigue siendo guardiana de Potosí.

Antes de la llegada de los españoles, la región de Potosí estaba habitada por pueblos andinos. Entre los más antiguos se encontraban los chullpas, o pueblos uru-chipaya. Más adelante, los aymaras se asentaron en extensas zonas, organizados en señoríos como los qarqas y los charcas. Con el avance del Imperio Inca en el siglo XV, llegaron los quechuas, que incorporaron estas tierras a su dominio, estableciendo nuevas formas de organización política y productiva.

Para los pueblos originarios que habitaban la zona, las montañas eran Apus, abuelos, seres vivos y poderosos que protegían a las comunidades y regulaba la fertilidad de la tierra. El Apu más importante era llamado Sumaj Orcko, que en quechua significa “cerro hermoso” o “cerro magnífico”. Para los indígenas, El Sumaj Orcko era una presencia viva que escuchaba, hablaba y decidía.

La historia del Cerro Rico de Potosí, tal como la conocemos hoy, comienza en 1545, cuando los españoles, ya asentados en el Alto Perú tras la conquista del Imperio Inca, tuvieron noticia de una montaña cargada de plata. La tradición cuenta que fue Diego de Huallpa, un pastor indígena, quien descubrió las vetas de plata al encender una fogata en la falda del cerro. El fuego habría derretido parte del mineral, revelando la riqueza que ocultaba el Sumaj Orcko. Huallpa comunicó su hallazgo a los españoles y pronto llegaron para verificarlo, quedando maravillados por la pureza del metal. El descubrimiento atrajo a mineros, comerciantes y aventureros de toda la región. Alrededor de las bocaminas se levantaron campamentos improvisados que rápidamente dieron lugar a un núcleo urbano. El 1 de abril de 1525, el capitán Villarroel, en representación de la corona española, fundó oficialmente la Villa Imperial de Potosí a los pies del cerro, con la misión de organizar la extracción y asegurar el control del mineral para la Corona.

El hallazgo del Cerro Rico transformó no solo la historia del Alto Perú, sino también la del propio Imperio español. La magnitud de su riqueza fue tan descomunal que la plata de Potosí se convirtió en el pilar económico de la Corona durante más de un siglo. Entre mediados del siglo XVI y comienzos del XVII, se estima que más de la mitad de la plata mundial provenía de esta montaña. Las arcas reales de Castilla se llenaron con los cargamentos que, tras ser fundidos en la Casa de Moneda de Potosí, viajaban en caravanas hasta Arica y de allí en galeones hacia Sevilla. La expresión “vale un Potosí”, recogida ya en el Siglo de Oro, refleja hasta qué punto la montaña era vista como sinónimo de riqueza infinita.

Los lingotes y monedas acuñadas en la Casa de Moneda circularon por China, India y Filipinas, integrando a Potosí en las primeras redes de economía mundial. En palabras de algunos historiadores, el Cerro Rico fue el “corazón metálico del primer sistema global”.

LA MITA: EL MARTIRIO DE LOS INDÍGENAS

La vida cotidiana de los indígenas en la Villa Imperial de Potosí estaba marcada por una profunda desigualdad, dividida entre quienes trabajaban directamente en el Cerro Rico y quienes permanecían en comunidades aledañas. Los indígenas mitayos, obligados por el sistema de mita, vivían una existencia extremadamente dura. La mita era un sistema de esclavitud que cada año reclutaba a hombres de 18 a 50 años para trabajar en la extracción de plata.

Con un nombre que proviene de la palabra “phutu-chi-q”

Hay varias teorías sobre el origen del nombre Potosí, pero las más aceptadas están ligadas a análisis lingüísticos. La palabra Potosí tiene raíces en las lenguas quechua y aymara. La raíz verbal “phutu” significa "brotar" o "germinar". Según la hipótesis más aceptada, el nombre proviene de la palabra “phutu-chi-q", que se traduce como “el que hace brotar”, haciendo alusión al cerro que "hace brotar" la riqueza minera. Esta palabra habría sufrido una transformación fonética a "phutu-q-chi" y luego pasó al español como Potosí.

Según Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela en su Historia de la Villa Imperial de Potosí (siglo XVIII), el término proviene de la voz quechua p’otoj o p’otojchi, que significa “trueno”, “explosión” o “retumbar”, en alusión a los ruidos que, según la tradición, se escuchaban en el cerro cuando se removían sus entrañas. También se ha relacionado con el aimara p’otojsiña, “hacer explosión”, vinculándolo con una antigua leyenda indígena que decía que la montaña estaba habitada por espíritus que bramaban.

Por otra parte, existe una leyenda que relata que antes de la llegada de los españoles, el Inca Huayna Capac había mandado a extraer plata del cerro, pero un fuerte estruendo y una voz prohibieron sacar la plata, y los indígenas usaron la palabra "Potocsi" para describir ese estruendo. De ahí derivaría también el nombre "Potosí", especialmente en su raíz aymara donde "phutukh" significa "hacer ruido”.

LA HISTORIA DEL PRIMER NIÑO NACIDO EN POTOSÍ

En los primeros años tras la fundación de la Villa Imperial de Potosí, las condiciones eran tan extremas que muy pocos niños de familias españolas lograban sobrevivir. Se decía que los hijos de españoles morían por el frío potosino. Los partos, cuando ocurrían, muchas veces terminaban en tragedia infantil, porque el recién nacido no soportaba la altura y la oscilante temperatura nocturna. Las mujeres embarazadas iban a dar a la luz a la ciudad de Sucre.

Según la Crónica Moralizada del Perú de fray Antonio de la Calancha, fue en la Navidad de 1598 cuando don Francisco Flores y su esposa Leonor Guzmán de Flores se convirtieron en los primeros españoles residentes en Potosí que vieron a su hijo criollo sobrevivir al rigor de esas condiciones. El niño fue bautizado como Nicolás Flores, en honor a San Nicolás de Tolentino. La tradición señala que los padres, temiendo por la vida del pequeño, encomendaron su protección al santo, esperando su intervención para que el recién nacido no sucumbiera al frío y a las adversidades. Cuando el niño no sólo sobrevivió, sino que prosperó, muchos vecinos consideraron aquello una gracia especial.

El nombre Nicolás se volvió entonces muy usado entre las familias criollas que quisieran que sus hijos vivieran: algunos lo eligieron por devoción al mismo santo; otros, simplemente, por la creencia de que el nombre traía suerte en medio de la dureza del clima y la alta montaña. Fray Antonio de la Calancha relata que otras parejas españolas, tras escuchar la historia de Nicolás Flores, también encomendaron sus hijos a San Nicolás, y los que sobrevivían recibían ese nombre. El cronista Bartolomé Arzáns recoge esta tradición en sus anales, aunque con discrepancias en el año exacto (él menciona 1584 para el nacimiento, pero otros documentos y análisis modernos apuntan a 1598).