Foto: (ANF) Frontis del Tribunal Supremo de Justicia
¿Es posible un nuevo sistema judicial?
Gabriel Villalba Pérez
es abogado y docente de posgrado de la UMSA
La crisis del sistema judicial boliviano se caracteriza por
su propia concepción plutocrática ligada a prácticas judiciales de cobros y
pagos ilegales con el fin de motivar-aceitar cualquier proceso judicial. No es
ninguna casualidad que, en el imaginario colectivo, la práctica judicial
siempre esté ligada a actos de corrupción, en un sistema donde quien tiene
dinero puede aspirar a “obtener justicia” y quien no, se encuentra predestinado
a peregrinar por migajas que inevitablemente consolidan las injusticias.
Los operadores de justicia continúan subordinados a
estructuras partidarias y redes de poder que cooptan cargos, decisiones y
procesos. La independencia judicial es formal, no real, y además de muy larga
data. En perspectiva histórica, podemos atribuir este comportamiento a los
denominados “doctorcitos de Charcas”, jurisconsultos de una élite criolla cuyos
descendientes físicos y mentales poco han cambiado en sus prácticas señoriales,
coloniales, discriminatorias y todas las superestructuras que hacen a la
Justicia.
El problema no son “unas cuantas manzanas podridas”, sino
circuitos organizados de corrupción que operan dentro de juzgados, fiscalías,
redes de abogados, policías y operadores administrativos. En esta quimera al
estilo de la ley de la jungla el acceso a la justicia está mediado por recursos
económicos, influencias y patrocinio directo e indirecto de estas redes
delincuenciales. La población común queda excluida o sometida a procesos
interminables, mientras que la justicia penal es usada como arma política.
En este sentido, una revolución judicial debe ser
estructural, no cosmética. Se debe impulsar verdaderos procesos de
descolonización del poder judicial. Los sistemas anticorrupción deben ser
fortalecidos materialmente y no en un sentido estrictamente declarativo. La
tecnología que se plantea incorporar al Órgano Judicial debe ser ágil y
transparente, progresista y orientada a democratizar el acceso a la justicia.
Bolivia carece de un Registro Público de Integridad
Judicial, que debiera encargarse de incorporar y contrastar declaraciones juradas
patrimoniales cruzadas con ingresos y estilo de vida; elaborar historiales
disciplinarios pormenorizados de cada operador de justicia; además de
estadísticas de carga procesal y tiempos promedio por juez y fiscal, con la
potestad de realizar auditorías aleatorias.
En el ámbito de la digitalización, bien podría incorporarse
un sistema de Expediente Judicial Único Electrónico, que serviría para impedir
la manipulación física de expedientes. Este sistema digital debiera dejar
trazabilidad de cada movimiento identificando posibles alteraciones o
irregularidades. La digitalización debe tener el objetivo puntal de reducir
intermediarios corruptos. Este mismo sistema puede incorporar plataformas de
transparencia procesal abierta, donde las partes vean en tiempo real cada
actuación, a la vez, existan alertas automáticas para retrasos injustificados.
La lucha anticorrupción no debe limitarse a control de
viáticos, informes o papeles; debe orientarse a desarticular redes que capturan
decisiones judiciales, identificar operadores que venden libertades, medidas
cautelares o retardaciones y fundamentalmente atacar la corrupción estructural
y organizada que opera como una industria.

