Hermanos Pardo: Cuando el eco de los huayños viaja de valle en valle

No fue en un gran escenario ni bajo luces cegadoras donde comenzó esta historia. No hubo público multitudinario ni micrófonos de última generación. Todo empezó en la tibia sencillez de un patio de tierra, en esas tardes largas donde el sol caía lento sobre las montañas del norte potosino, allí donde Toro Toro, Carasi y San Pedro de Buena Vista comparten el mismo cielo azul y el eco de los huayños viaja de valle en valle.

Entre gallinas sueltas, el aroma de la leña encendida y las carcajadas de primos y vecinos, Dikson Pardo Mendoza, Widmer Pardo Mendoza y Nionel Pardo Mendoza aprendieron a escucharse, a medirse, a competir sin rencores. Jugaban a ver quién dominaba antes un punteo, quién lograba hacer llorar al charango con más sentimiento, quién aguantaba más tiempo cantando sin perder el aliento.

Aquella era una competencia sin trofeos, pero con un premio mayor: el nacimiento de un destino compartido. Lo que entonces era un juego infantil se convirtió, sin que ellos lo supieran, en una promesa tácita: llevar la música de su tierra a cada rincón donde un charango pueda llorar y un huayño haga vibrar la memoria.

—Para nosotros —dicen—, cantar para la gente del pueblo, para quienes viven lejos de los grandes escenarios, es un sentimiento profundo y gratificante. Cada nota revive el placer de nuestras raíces, el recuerdo de los antepasados y la cultura del norte potosino que nos dio la voz y el ritmo.

 La casita abandonada: melodía de regreso

En sus vidas hay una canción que actúa como un imán de recuerdos: La casita abandonada. No es solo una melodía, es un retrato de su infancia. La aprendieron en días en que las despedidas eran parte de la rutina. Por motivos de estudio, tuvieron que dejar su tierra, cambiando el aroma del campo por el ruido de las ciudades, el cielo limpio por techos grises.

Cada regreso al pueblo era un abrazo largo y silencioso con la familia, un instante donde la alegría y la nostalgia se mezclaban como el sol y la lluvia en las tardes de verano. Cuando tocaban La casita abandonada, las paredes parecían escuchar y el viento se colaba entre las notas. La letra hablaba de distancias, de ausencias, de ese deseo inquebrantable de volver a un lugar donde siempre te esperan. Era su forma de decir “estamos de vuelta” y de curar, con música, la herida de la separación.

 —La familia siempre está ahí para empujarte hacia el público —aseguran—. Y aunque hay altibajos, la música siempre nos reconcilia, cura cualquier herida. Cuando cantamos juntos, desaparecen los problemas.

Charangos rústicos y lágrimas lejanas

Sus primeros instrumentos no brillaban en vitrinas. Eran charangos de clavijas de madera, hechos a mano por artesanos de la región. La madera olía a monte recién cortado y las cuerdas parecían guardar el eco de antiguas canciones. No había lujos, solo la certeza de que cada instrumento era un pedazo vivo de la tierra que los crio.

El primer escenario tampoco fue un teatro de lujo. Fueron las veladas escolares, las horas cívicas en el patio del colegio, donde el frío de la mañana competía con los nervios de la presentación. Allí aprendieron que el aplauso sincero del pueblo pesa más que cualquier galardón enmarcado.

Años después, en una noche fría en Argentina, comprendieron el verdadero alcance de su música. Tocaban un huayño y, entre el público, vieron rostros curtidos por el trabajo y la distancia, ojos que de pronto se llenaban de lágrimas. Eran compatriotas que habían dejado el norte potosino buscando un futuro mejor. La música, como un puente invisible, los regresaba por unos minutos a su tierra.

—Ese momento es inexplicable… —recuerdan— sentir que tu música toca fibras tan profundas, lejos de casa, es un orgullo que no se olvida.

 Legado de un huayño sin distorsión

Hoy, cuando en una fiesta patronal o una reunión familiar suenan sus canciones, los hermanos Pardo sienten que la música ha vuelto a casa. No importa si es en un patio polvoriento, en un salón comunitario o en una peña improvisada: lo importante es que la gente canta con ellos, que el huayño sigue vivo, sin filtros, sin adornos que lo alejen de su esencia.

—Nos sentimos orgullosos porque la música y la cultura siempre deben primar —afirman—.

Si alguna vez tuvieran que dejar un único legado, no sería un disco de oro ni un gran concierto televisado, sino algo mucho más sencillo y poderoso: el huayño norte potosino en su forma más pura, interpretado en sus diferentes afinaciones, con charango intacto, sin distorsión ni copias. Porque solo así la música popular seguirá siendo un espejo fiel del pueblo que los vio nacer.

Y mientras en cualquier rincón del mundo alguien escuche un huayño y sienta que en su pecho late la tierra, Dikson, Widmer y Nionel Pardo Mendoza sabrán que su misión está cumplida.