ISABEL ALLENDE, ESCRITORA CHILENA

Isabel Allende: “Las mujeres estamos en un momento de riesgo. La ultraderecha quiere a la mujer en la casa”

El País/rocio Montes-Andrea Moletto.- Llega puntual, a las 11 de la mañana, a un salón del subterráneo de un hotel de Vitacura, en la zona oriente de Santiago de Chile. La escritora chilena Isabel Allende (83 años, Lima) hace seis años que no pisa su tierra -vive en Sausalito, California- y en este septiembre, cuando se asoma la primavera en la ciudad, lo hace para presentar su más reciente novela, Yo soy Emilia del Valle (Sudamericana). Es la historia de una veinteañera nacida en San Francisco, Estados Unidos, escritora y periodista, que llega a Chile a trabajar de reportera en medio de la Guerra Civil de 1891 y, de paso, descubre su identidad: su padre era chileno. A la protagonista de esta novela, Chile la atrapa. A Isabel Allende, también, aunque no viva en su país desde 1973, tras el Golpe de Estado de Augusto Pinochet. Lo contará en esta entrevista, donde muestra su conocida agudeza para pasar del humor a la política y a los temas trascendentales del ser humano, sin esquivar preguntas. Es lo que tiene ser la escritora en lengua castellana más leída de la actualidad. Aunque, de partida, se equivoca: “Me han entrevistado tanto que no tengo nada que decir”, dice al arrancar. Y, en ello, no tenía razón.

Pregunta. En la novela, Emilia del Valle habla del concepto de “mujer buena”, ante el que ella se rebela, en el siglo XIX. Más cómoda se siente con ser “una mujer mala”. Hoy, en 2025, ¿qué es ser “una mujer buena” y una “mujer mala”?

Respuesta. Ya eso no se usa para nada. Todas somos un poco malas y un poco buenas. Mientras más malas mejor, porque lo pasamos mejor. La gente buena lo pasa pésimo. Y sobre todo las mujeres. En la generación mía, cuando yo era joven, ser buena era ser mamá, ser fiel. ¡Qué lata ser fiel! Era ser abnegada, trabajadora, paciente. Y las que lo pasaban bien eran las otras, las que no tenían ninguna de esas cualidades. Yo estaba siempre flotando entremedio, con unas ganas tremendas de ser mala pero, en el fondo, buena mamá, esposa, buena hija. Una lata.

P. ¿Ahora tiene más libertad? ¿Se convirtió usted en la mujer mala y rebelde que quería ser?

R. La vida me ha llevado a hacer cosas que son poco usuales. Pero ahora que tengo la edad que tengo -83 años, orgullosa de tenerlos-, hay una gran libertad. Lo que viene con la edad es la libertad. Pero es una libertad que va mucho más allá de lo que tú quieres hacer, porque ya lo que quieres hacer no es tanto. Es la libertad interior de aceptarte, de no cargar con lastres, de ir dejando todo por el camino. Y eso es maravilloso. Estaba comentando con unas amigas el otro día que hay muchos defectos míos que todavía acarreo y de los que me tengo que librar para poder tener una vejez mejor.

P. ¿Cuáles?

R. Uno de ellos es el orgullo. El terror a la dependencia. No querer pedir ayuda. Y tengo que superarlo, porque como decía mi mamá: “Hay que aprender a ser humilde para poder soportar las humillaciones de la vejez”.

P. Pero a usted la vejez la tiene fascinada.

R. Fascinada.

 

P. Ya iremos a ello, pero primero queremos hablar del deseo. Es lo que en sus libros, en sus entrevistas, parece que la moviliza, está ahí. Siempre habla de Antonio Banderas, pero, ¿no cambiaría a Banderas un ratito por Pedro Pascal, el chileno más hot del momento?

R. Cualquiera de los dos que me hiciera el favor, estaría fantástico. Pero no hay ninguna esperanza. Ahora me resigno al anciano que tengo [su marido, Roger Cukras].

P. ¿El deseo es un motor para usted?

R. Más bien un motor literario, porque en la vida real es relativo. Yo me enamoro y me enamoro largo. Y en las relaciones muy largas, el deseo se va matizando. Me preguntan mucho sobre este asunto a esta edad, porque se supone que la gente vieja no tiene sexo, no tiene deseo sexual. Y eso no es así, depende mucho de la salud y de la relación que tienes con la otra persona. No se puede generalizar.

P. Emilia, la protagonista de su novela, desea.

R. A esa edad, claro. A los 25 años, todas desean. No sé ustedes, pero si no desean, es que les fallan las hormonas. A los 25, lógico. Pero es diferente cuando vas envejeciendo.

P. Sus libros están marcados por mujeres contra la corriente. ¿Por qué esta obsesión por las mujeres y, particularmente, por las mujeres luchadoras y apasionadas?

R. La gente con sentido común y con vida fácil no hace buenos personajes de novela. Los personajes que tú quieres es gente en cierta forma marginal, diferente, única, que corre el riesgo, que tiene sentido de la aventura. Si no, no hay historia. Si todo te sale bien, no hay historia. Asisto a unas conferencias de escritores de viaje todos los años y lo peor que le puede pasar a un escritor de viaje es que le vaya bien en el viaje. Tiene que irle pésimo para poder escribir algo. Lo mismo con la novela: elijo hombres y mujeres que son diferentes y que les pasan cosas, si no no hay historia.