Alvaro Uribe., el hombre de EEUU
La condena contra Álvaro Uribe revoluciona el tablero político de Colombia; siguen y suman nuevas acusaciones
Doce años de prisión domiciliaria. La condena en primera
instancia a Álvaro Uribe Vélez, por manipulación de testigos, no tiene antecedentes
en la historia reciente de Colombia. Hay que remontarse a los años sesenta del
siglo pasado para encontrar a un expresidente del país sudamericano hallado
responsable de un delito, y ese fue el caso del dictador Gustavo Rojas Pinilla,
que había estado en el poder hasta 1957. Tampoco había ocurrido que uno de los
principales partidos políticos, el Centro Democrático, tenga que encarar unas
elecciones nacionales con la losa de la condena penal de su fundador encima. Ni
que la derecha y la izquierda coincidieran en señalar importantes decisiones
judiciales de distinta índole como motivadas políticamente (el llamado lawfare)
en un país que se suele preciar por su apego a los formalismos legales.
Con todo ello, aunque el proceso contra el exmandatario de
derechas tiene todavía varias etapas por delante, ha sido muy significativo el
impacto político y mediático de la decisión que reveló la jueza Sandra Heredia
en dos tiempos: el lunes, cuando anunció su decisión de condenar a Uribe por
los delitos de soborno en actuación penal y fraude procesal, y el viernes,
cuando reveló la sanción por ello. Tanto es así que otras decisiones que
pasaron desapercibidas, en condiciones normales hubieran tenido un gran
revuelo. Por ejemplo, los decretos del Ejecutivo para aplicar la reforma a la
salud rechazada por el Congreso, o la definición de un nuevo y polémico
ministro de la Igualdad.
Uribe mantuvo el silencio a lo largo de toda la semana, pero
su primera intervención, ofrecida el viernes para sustentar su apelación contra
la sentencia, dejó claro el alto nivel de tensión política. Además de denunciar
una supuesta motivación política tras el fallo, encendía la mecha de la disputa
partidista: “Mis compañeros y yo hacemos política con franqueza, sin violencia.
Señalar que me tienen que restringir la libertad para evitar violencia es
señalarme de estar incentivando la violencia”, argumentó, antes de afirmar que
el atentado contra su compañero de partido y precandidato presidencial Miguel
Uribe Turbay fue “causado por los señalamientos que se le hacía desde el alto
Gobierno aliado de esta sentencia”. El senador, quien comparte apellido con el
expresidente sin ser familiar suyo, se recupera muy lentamente de un disparo a
la cabeza, crimen en el que las investigaciones judiciales han avanzado frente
a los sicarios pero aún no ha aclarado las motivaciones.
Si ese ataque sacudió al país y anticipó aún más una campaña
electoral de resultado especialmente incierto, la condena a Uribe Vélez ha
cambiado por completo el tablero. A siete meses de las votaciones para el
Legislativo, que se han convertido en una primera vuelta presidencial con
consultas interpartidistas de izquierda, derecha y centro, la oposición al
presidente Gustavo Petro pierde a la más veterana de sus figuras.
Uribe Vélez, un político que hizo carrera en el histórico
Partido Liberal pero que llegó a la presidencia en 2002 por fuera de esa
formación, ha marcado el último cuarto de siglo de Colombia. Elegido en medio
de un fuerte rechazo popular a las fallidas negociaciones de paz entre el
conservador Andrés Pastrana y la entonces guerrilla de las FARC, el antioqueño
se reveló rápidamente como un mandatario de derechas, especialmente
caracterizado por su combate sin cuartel contra el grupo que años antes había
asesinado a su padre. Logró modificar la Constitución para permitir una
reelección que ganó fácilmente en las urnas, gracias a la avasalladora
popularidad que tenía entonces, y estuvo cerca de lograr una segunda reforma
para abrir camino a un tercer cuatrienio. La Corte Constitucional encontró que
eso rompería la columna vertebral de la Constitución, y finalmente Uribe dejó
un sucesor, Juan Manuel Santos, que más tarde rompió con él. Además de esas
tres victorias electorales de 2002, 2006 y 2010, en 2014 su candidato estuvo
cerca de llegar a la presidencia, y en 2018 la obtuvo con Iván Duque. Aunque en
2022 su partido declinó siquiera estar en el tarjetón, y el candidato que apoyó
quedó en un lejano tercer lugar, el uribismo es una fuerza especialmente
relevante en un país con una veintena de partidos políticos y una enorme
dispersión política formal.
Para que Uribe pueda hacer campaña fuera de su domicilio,
necesitaría que su apelación contra la sentencia en este caso que se inició con
una acusación de vínculos con grupos paramilitares tenga éxito. Tras la
decisión de la jueza Heredia, el caso llegará a manos de una sala de tres
magistrados del Tribunal Superior de Bogotá. Si no dictan sentencia antes de
mediados de octubre, el caso, que empezó a avanzar en 2018, prescribirá. Si eso
ocurre, o si su decisión es favorable a la defensa de Uribe, el expresidente
recuperará su libertad, lo que le daría una nueva vuelta de tuerca a los
preparativos electorales. Ese mismo mes, el domingo 26, están previstas las
votaciones internas de varios partidos para elegir sus candidatos a la
presidencia. Entre ellos, además de varios partidos oficialistas, se halla el
Centro Democrático, el que fundó y lidera Uribe de forma vitalicia, según sus
estatutos. La puja ese día no solo será entre los candidatos sino también entre
las formaciones, pues mostrarán qué tanto respaldo popular tienen. Para el
uribismo, hace una enorme diferencia la emoción que proyecto el expresidente.
Pero el impacto en la política no esperar ni a la decisión del
Tribunal ni a esas votaciones. Este jueves, 7 de agosto, Colombia celebra 206
años de la batalla de Boyacá, en la que Simón Bolívar derrotó de forma final al
ejército español y selló la independencia. Ese mismo día termina el tercer año
de mandato de Petro e inicia el último, en un momento simbólico que cada año es
motivo de definición de mensajes políticos y de balances y cortes de cuentas.
Este año, los seguidores de Uribe han anunciado una marcha en su favor justo en
ese momento. No será el la primera ocasión en estos tres años en los que la
oposición de derecha y las bases del Gobierno se enfrenten con marchas y
contramarchas, o discursos y respuestas. Pero sí será la primera vez que eso
ocurra con Uribe condenado, con una izquierda celebrando lo que reivindican
como una prueba de justicia, y una derecha que reclama al expresidente como
víctima de un sistema corrupto, una inversión de las posturas usuales que puede
marcar la campaña de 2026.

