Nestor Huanca: La soya se convierte en el motor del desarrollo de Bolivia
En la diversidad productiva de
Bolivia, la producción del grano de soya como parte del complejo oleaginoso no
solo impulsa la economía del país, sino que también sustenta la cadena
alimentaria nacional. Con una vibrante industria de procesamiento y miles de
productores, el complejo soyero boliviano se posiciona como un actor clave en
el escenario sudamericano, aunque no está exento de desafíos que requieren una
visión estratégica a largo plazo.
El complejo productivo de
oleaginosas es uno de los motores industriales más relevantes en Bolivia, con
43 industrias privadas, 10 grandes, 12 medianas y 21 pequeñas, y recientemente
se incorpora una nueva industria estatal. Estas industrias poseen una capacidad
instalada de molienda de grano de 5,37 millones de toneladas al año, una cifra
que habla del potencial boliviano en la región. Sin embargo, en 2024, de esta
capacidad, apenas se utilizó un 48,5%, revelando un margen significativo para
la expansión y la optimización. La producción de grano de soya alcanzó las 2,78
millones de toneladas de las cuales 2,60 millones de toneladas fueron acopiadas
por la industria y el resto fue exportada por los productores y otras empresas,
como grano. Esta brecha entre la producción y la capacidad instalada de
molienda resalta la necesidad de aumentar la producción de materia prima, un
desafío crucial para el futuro del sector y el país.
La transformación industrial
es el corazón de este complejo.
De la soya se derivan productos
importantes, particularmente para el sector pecuario. En la gestión 2024, la
industria oleaginosa ha producido: 1,7 millones de toneladas de torta de soya
solvente, 139 mil toneladas de harina integral de soya, 85 mil toneladas de
cascarilla de soya, 459 mil toneladas de aceite crudo y 183 mil toneladas de
aceite refinado. Estos subproductos de la soya no solo se exportan a mercados
internacionales, sino que son esenciales para la seguridad alimentaria de
Bolivia.
El año 2024, el sector
oleaginoso ha logrado exportar casi mil millones de dólares y en la gestión
2025, hasta el mes de abril, ya llegó a acopiar 1,9 millones de toneladas de
grano, estimándose poder alcanzar una producción cercana a los 3 millones de
toneladas de grano en la presente gestión, estos datos confirman la
recuperación de este importante sector que, al mes de abril del 2025, exportó
más de 211 millones de dólares.
Destino de la producción y
actores principales
El 80% de la torta de soya
producida por la industria oleaginosas se destina a la exportación, mientras
que el restante 20% abastece al mercado interno nacional, a más de 14.700
productores pecuarios, conformado por más de 13 mil granjas lecheras, 1.500
granjas avícolas, y 200 granjas porcinocultores. Asimismo, la cascarilla de
soya se vende en su totalidad a los productores lecheros, El aceite crudo, por
su parte, se transforma en aceite refinado para el consumo de los hogares
bolivianos, asegurando un ingrediente esencial en la dieta diaria.
Sin embargo, la estructura del
mercado revela una concentración donde seis industrias oleaginosas controlan
casi el 85% de la producción de subproductos de soya y un pequeño porcentaje de
productores controlan aproximadamente el 50% de la producción de grano. Esta
situación demanda la importancia de establecer políticas que fomenten la
equidad y la diversificación en el complejo oleaginoso.
Esta situación hoy en día
permite a unos pocos actores del complejo oleaginoso controlar desde el acopio
del grano hasta la fijación de precios, relegando a la gran mayoría de pequeños
y medianos productores a un rol secundario y dependiente. La fuerte presencia
de intermediarios que se incrementaron estos últimos años, solo aumenta la
desigualdad en detrimento de quienes realmente trabajan la tierra y producen el
grano de soya.
SAN JULIAN: un paso audaz
hacia la soberanía alimentaria
El gobierno boliviano ha
implementado bandas de precios para los subproductos de soya, buscando
garantizar el abastecimiento a un costo justo para los productores pecuarios,
para que la carne de pollo, carne de cerdo, leche, huevo y aceite puedan llegar
a un precio justo el consumidor final. Estas bandas de precios para la harina
de soya solvente e integral, y la cascarilla, se establecen considerando el 85%
del valor del grano y un 13% de impuestos que paga la industria. Por ejemplo,
para el primer semestre de la gestión 2025, la torta de soya tiene un rango
entre 467 y 491 dólares por tonelada y la cascarilla un precio máximo de 80
dólares la tonelada. En el caso del aceite refinado, se consideran los precios
promedio mensuales de exportación menos los costos logísticos, con un precio al
consumidor final de Bs 14 por 900 ml y Bs 13 por litro agranel. Esta
intervención busca equilibrar los intereses de productores, industrias y
consumidores, asegurando que la volatilidad de los mercados internacionales no
impacte desproporcionadamente en los bolsillos de los bolivianos.
Como se puede observar, esta
política NO perjudica la producción y el proceso de exportación de los subproductos
de soya porque solo se destina el 20% al abastecimiento al mercado interno, más
bien se cuida la economía del pueblo, en la medida que exista mayor producción
y transformación de grano soya el porcentaje requerido para el abastecimiento
al mercado interno disminuirá.
En la actual coyuntura es
necesario analizar otras medidas que puedan fortalecer el abastecimiento al
mercado interno a precio justo, siendo la implementación de una bolsa
agropecuaria una opción que pueda reemplazar la banda de precios sin perder el
norte de la seguridad alimentaria.
Por la necesidad de reducir la
dependencia de un "oligopolio" en la producción de subproductos de
soya y garantizar el abastecimiento a precios justos, el Gobierno Nacional, ha
catalizado una iniciativa clave: la construcción de la Planta de Extracción de
Aceite y Subproductos de Soya en San Julián. Esta planta, tiene una capacidad
de molienda de 1.000 toneladas de grano de soya por día, por tanto, puede
procesar 330 mil toneladas anuales. Sus objetivos son ambiciosos: producir
244.200 toneladas de torta de soya al año, estimándose cubrir el 74% del
consumo nacional del sector avícola, porcino y lechero; 16.500 toneladas de
cascarilla para el sector lechero; y una capacidad total de producción de
aceite refinado de 62 miltoneladas al año, equivalente a 67,3 millones de
litros de aceite comestible, cubriendo al menos el 80% del consumo anual de las
familias bolivianas que asciende a más 75mil toneladas anuales de aceite. En
este sentido, la población boliviana y los productores pecuarios son los más
beneficiados con la implementación de esta estratégica industria, además, va a
incrementar el porcentaje de exportación de la industria oleaginosa, quedando
como un desafío importante mejorar los rendimientos para incrementar la
producción de grano de soya, para lo cual, se deben tomar acciones de
fortalecimiento al sector en todos los departamentos aptos para este cultivo,
como ser Santa Cruz, Beni y el norte de La Paz.
La biotecnología: un
catalizador para el futuro productivo
Para cerrar la brecha entre la
producción de grano y la capacidad industrial instalada, así como para mejorar
la competitividad del sector soyero boliviano, la introducción y el desarrollo
de la biotecnología se presenta como un imperativo estratégico para enfrentar
los desafíos que actualmente limitan el rendimiento del grano de soya.
La introducción de
biotecnología permitiría la creación de cultivos más tolerantes a condiciones
climáticas adversas, como sequías o inundaciones, fenómenos cada vez más
recurrentes debido al cambio climático. Esto garantizaría cosechas más estables
y predecibles, fundamentales para el abastecimiento continuo de la industria.
Pero, paralelamente, el Gobierno nacional, a través de una nueva entidad o la
restructuración del INIAF, debe impulsar la investigación y aplicación de
técnicas biotecnológicas para que en el mediano plazo Bolivia tenga variedades
de soya más resistentes a plagas y enfermedades endémicas, reduciendo la
necesidad de agroquímicos y minimizando pérdidas en el campo.
Además, la biotecnología puede
potenciar el rendimiento por hectárea, un factor crucial dado que la producción
de soya en 2024 fue insuficiente para la capacidad de molienda del país.
Variedades mejoradas genéticamente podrían ofrecer mayores volúmenes de grano por
superficie cultivada, optimizando el uso de la tierra y los recursos hídricos.
A largo plazo, esto no solo incrementaría la disponibilidad de materia prima
para la industria oleaginosa, sino también fortalecería la posición de Bolivia
en el mercado internacional, abriendo nuevas oportunidades de exportación de
grano y subproductos con valor agregado.
Finalmente, la adopción de
biotecnología en el cultivo de soya podría traducirse en una mayor eficiencia
en la producción, lo que potencialmente reduciría los costos para los
productores y, por ende, influiría positivamente en la estructura de precios de
los subproductos. Esto complementaría los esfuerzos del Gobierno para
garantizar precios justos y estables para el consumidor final, consolidando la
seguridad alimentaria del país.
Pero existe un riesgo claro:
si no se democratiza su acceso, la biotecnología solo reforzará la
concentración actual. ¿Quiénes tendrían acceso a las semillas mejoradas?
¿Quiénes controlarían la genética y los beneficios?
La biotecnología puede ser una
herramienta de soberanía o de dependencia, según cómo se implemente. Si se
integra con políticas públicas que prioricen a pequeños productores,
cooperativas y comunidades indígenas, puede ser una palanca de justicia
productiva. Pero si queda en manos de los mismos de siempre, se consolidarán
monopolios y acelerará el despojo de tierras del pequeño productor.
Por lo tanto, la
industrialización debe continuar profundizando la democratización del acceso a
la tierra, capital y tecnología paro que no se perpetúen desigualdades que
comprometen la soberanía alimentaria y el desarrollo económico de Bolivia. El
modelo económico social comunitario productivo debe ajustarse para que se
priorice la eficiencia económica con la justicia social con la participación de
todos los actores y fomentando alianzas públicas y privadas justas y
complementarias, donde la intervención del Estado debe ser estratégica,
planificada, un regulador inteligente, promotor de innovación, brindando
seguridad jurídica y corrector de desigualdades extremas, pero evitando
burocracias asfixiantes, buscando siempre el equilibrio entre la eficiencia
económica y la equidad social.

