Foto: Ockie Cardenas, durante una jornada de rodaje.
Okie Cárdenas, El director mas personal de cine boliviano
Por PHD. Orlando Valdez López Comunicador Social, Docente Universitario, Periodista y Escritor
Conocí a Okie Cárdenas en el año 2000, en una circunstancia que difícilmente podía imaginar que terminaría formando parte de la historia de un director de cine. Bolivia atravesaba entonces uno de sus episodios ambientales más graves, el derrame de petróleo en el río Desaguadero dejando una profunda huella en el ecosistema y en las comunidades de la región. En aquellos días, un orureño llegó a Oruro como parte del equipo de cine encargado de la producción de un documental sobre el proceso de remediación del río. Ese hombre era Okie Cárdenas. Nuestro primer encuentro fue fortuito y ocurrió mientras se registraba una realidad dolorosa del país. Quizás por eso, desde entonces, siempre he tenido la impresión de que su relación con el cine estuvo ligada también a una necesidad de mirar, registrar y contar aquello que muchas veces permanece fuera de la mirada cotidiana. Han pasado más de dos décadas desde aquel primer encuentro. Y, curiosamente, muchos años después, el azar volvió a cruzarnos en un café de la ciudad de La Paz. Okie estaba, como suele ocurrir cuando uno se encuentra con él, con esa habitual vibra de tranquilidad y paz que parece acompañarlo incluso cuando habla de las dificultades y peripecias de hacer cine en Bolivia. Conversamos sobre la vida, sobre los proyectos que habían quedado en el camino. En medio de la conversación me contó, con la naturalidad que lo caracteriza, que había concluido su nueva película y estaba preparando su estreno. La noticia me hizo pensar en aquel primer encuentro del 2000. Habían transcurrido más de veinte años y aquel hombre que había llegado a Oruro para filmar la recuperación de un río contaminado continuaba detrás de una cámara, todavía empeñado en contar historias. Fue entonces cuando surgió la necesidad de mirar hacia atrás y reconstruir su trayectoria. Este artículo no pretende presentar una imagen idealizada de un director de cine, sino acercarse al hombre detrás de sus películas, sus comienzos, sus búsquedas, sus encuentros, sus dificultades y esa persistencia que le ha permitido continuar haciendo cine en Bolivia durante tantos años. Para escribir este articulo se revisaron publicaciones, entrevistas, registros de estrenos, documentos institucionales, referencias de festivales y otras fuentes públicas disponibles y verificables. También se contrastaron distintas informaciones relacionadas con sus películas y con su trayectoria profesional, procurando distinguir los hechos documentados de las apreciaciones personales. Pero una investigación sobre un cineasta no puede reducirse únicamente a una lista de películas, premios y fechas. Hoy, más de dos décadas después, cuando aquel mismo cineasta, sentado tranquilamente en un café de La Paz, me cuenta que acaba de terminar su nueva película titulada “El museo de la soledad” y que se prepara para volver a encontrarse con el público. Quizás esa sea una de las mejores maneras de entender su recorrido, el tiempo ha pasado, las circunstancias han cambiado, pero la necesidad de contar historias permanece. Okie Cárdenas, director y guionista boliviano nacido en Oruro, cuya relación con el cine comenzó en la infancia, cuando su padre lo llevaba a las salas de cine. Aquellas primeras experiencias frente a la pantalla terminarían convirtiéndose, con los años, en una vocación que ha atravesado más de dos décadas. Ahora, mientras se aproxima la presentación de “El museo de la soledad”, resulta inevitable mirar hacia atrás y preguntarse de dónde nace esa necesidad de contar historias. La respuesta parece estar en la memoria. De niño conoció el cine desde las butacas. En Catavi en el cine teatro Simón I. Patiño, durante su infancia, asistió al estreno de La nación clandestina, de Jorge Sanjinés, en una sala completamente llena. No había espacio suficiente y su padre tuvo que sostenerlo mientras permanecía de pie sobre una repisa para poder mirar la pantalla por encima del público. La imagen parece salida de una película: un niño sostenido por su padre, una sala minera repleta y, frente a él, una historia que hablaba de Bolivia. Décadas después, aquel niño se convertiría en director de cine. También recuerda la experiencia de ver Ben-Hur en el cine Imperio de Oruro durante la década de 1980. Más que películas, aquellas proyecciones eran acontecimientos colectivos. La pantalla grande tenía una dimensión física y emocional que difícilmente podía reproducirse fuera de una sala. Quizás allí comenzó a formarse una de las características más reconocibles de su trabajo: entender el cine no solamente como una técnica, sino como una experiencia humana. Su formación posterior estuvo vinculada a la Universidad Central de Cochabamba UNICEN, en Propaganda, Publicidad y marketing. Paralelamente se acercó a la música y a la fotografía. Esa combinación de disciplinas sería decisiva en su camino, porque Cárdenas nunca limitaría su actividad a la dirección cinematográfica. En el año 2000 fundó Cinecéfiro, productora desde la cual desarrollaría buena parte de su actividad audiovisual y cinematográfica. Sus primeros trabajos incluyeron cortometrajes como “Los amantes”, “El ojo en la oscuridad”, “Un perro bajo la lluvia” y “Para mirar el alma”, además de proyectos documentales y televisivos como “Siente Oruro”, “Siente Cochabamba”, “Cochabamba soy yo”, “InsomniaT”, “Un resplandor de fe” y “Fragmentos Urbanos”. Entre 2008 y 2010 escribió y dirigió “Vidas Lejanas”, su ópera prima. La película llegó a las salas en 2011 y significó un punto de inflexión en su carrera. Fue parte de la selección oficial en el 28.º Festival de Zola/Villeurbanne – Les Reflets du Cinéma, en Lyon Francia, y recibió el Premio del Jurado en el 7.º Festival de Derechos Humanos de Sucre. La película abordaba la migración y las experiencias humanas desde una perspectiva íntima. Con ella comenzó a consolidarse una forma de hacer cine marcada por la perseverancia y por el interés en historias que nacen de la realidad. En 2013 dirigió el documental “Fotógrafo”, una vida destinada a la soledad, mostrándonos a uno de los pioneros de la fotografía en las minas del norte de Potosí, Ricardo Sánchez Quiroga. La obra fue presentada en el Espacio Simón I. Patiño en la ciudad de La Paz y permitió recuperar la memoria de un personaje ligado a la historia cultural boliviana. En ese proyecto aparece nuevamente una característica esencial de su trabajo, el interés por las personas que, aun habiendo sido testigos y protagonistas de una época, pueden terminar desapareciendo de la memoria colectiva. La fotografía también forma parte fundamental de la mirada de Okie Cárdenas. Su trabajo fotográfico está plasmado en dos libros: “Alma, Aura y Esencia”, publicado por 3600, que reúne fotografías realizadas durante sus viajes por distintos territorios de Bolivia, y “Extractivos”, una serie de fotografías captadas en el interior de diversas minas, donde explora visualmente el mundo de la minería y sus espacios subterráneos. En ambos trabajos, la fotografía se encuentra acompañada por una sensibilidad poética que revela otra dimensión de su mirada como creador. En 2019 llegó “Entre Santos, Cholas y Morenos”, documental en el que asumió la dirección y la investigación. La obra se internó en el universo de la morenada, las festividades religiosas y las expresiones culturales vinculadas a ellas. El proceso demandó años de investigación y consolidó su interés por la identidad cultural. La película tuvo además circulación internacional, incluyendo su selección oficial en el Native Spirit Film Festival en Londres Inglaterra y posteriormente fue incorporada como material académico en el curso SPAN 490, Narrativas Urbanas de Latinoamérica, de la Universidad de Oregon, en 2020. En 2020 integró el jurado del XV Festival Internacional de Cine Manuel Trujillo Durán, en Maracaibo, Venezuela, participando en la evaluación de películas de la competencia oficial. Más adelante llegó “Esperar en el Lago”, una de las producciones más ambiciosas de su trayectoria. La película nació de una investigación relacionada con la fuga de presos políticos de la isla de Coati en el lago Titicaca durante la dictadura de Hugo Banzer y se convirtió en una historia de memoria, exilio, retorno y reencuentro. El proyecto tardó mas de diez años en concretarse. Fue realizado como coproducción entre Bolivia y Argentina y contó con apoyo del Programa Ibermedia. Finalmente llegó a las salas bolivianas en 2021. En 2022 presentó “Unay”, película vinculada a la música de banda y el Carnaval de Oruro, incorporando además una problemática social relacionada con la violencia sexual. A lo largo de los años recibió distintos reconocimientos por su aporte al cine y a la cultura boliviana, entre ellos el reconocimiento al Mérito Cultural otorgado en 2014 por la cámara de diputados, una distinción de la Cámara de Senadores en 2019 , el reconocimiento Luis Espinal a la trayectoria y aporte al cine boliviano en 2022 y un homenaje camaral del legislativo por su trayectoria en 2024. Pero quizá los reconocimientos no expliquen por sí solos la dimensión de su recorrido. Hay otra manera de mirar su trayectoria: observar cuántas veces tuvo que insistir para que una historia pudiera llegar a la pantalla. En un país donde hacer cine supone enfrentarse constantemente a limitaciones económicas, institucionales y de infraestructura, Cárdenas ha construido buena parte de su carrera desde la perseverancia. “El museo de la soledad”, esta nueva película representa un giro hacia un territorio más personal, artístico y cercano al surrealismo. La historia presenta a un director de cine y a un actor de teatro que se encuentran y terminan involucrados en la realización de una película. La película fue rodada en La Paz y parece cerrar un círculo. Durante años, Cárdenas puso la cámara frente a otras personas. Observó sus vidas, investigó sus recuerdos y convirtió sus experiencias en historias cinematográficas. Ahora la cámara parece regresar hacia él. “El museo de la soledad” no es solamente una nueva película dentro de su filmografía. Puede entenderse como el resultado de un recorrido iniciado muchos años atrás, cuando un niño descubrió que una pantalla podía abrir una puerta hacia otros mundos. En su trayectoria existe una constante: la necesidad de mirar. Mirar a las personas. Mirar la memoria. Mirar la cultura. Mirar los conflictos de una sociedad. Y, finalmente, mirarse a sí mismo. Cárdenas también ha desarrollado una actividad como escritor, utilizando el seudónimo Cardenseen para publicar reflexiones sobre arte, cultura y cine en distintos medios escritos. Es director de Cinecéfiro y del Centro de Cinematografía de los Andes, y es miembro de ASOCINE ( Asociación de cineasta de Bolivia). Cartel de El museo de la soledad Okie Cárdenas el director mas personal del cine boliviano, lo llamo así porque es difícil separar al director de las historias que cuenta. Su cine parece nacer de encuentros personales, de recuerdos, de conversaciones y de personajes que, de una u otra manera, han cruzado su propio camino. No filma solamente lo que observa, se involucra, investiga, escucha y transforma esas experiencias en historias. Desde la migración y la identidad cultural hasta la memoria política, la juventud y ahora la soledad, sus películas llevan consigo una parte de su propia mirada y de su manera de entender Bolivia. Quizás por eso su filmografía no parece una colección de películas aisladas, sino un recorrido personal. Cada obra deja algo del hombre que estuvo detrás de la cámara. Y es precisamente ahí donde encuentro la razón para llamarlo el director más personal del cine boliviano porque antes de buscar contar una historia, Okie parece necesitar haberla vivido, observado o sentido de alguna manera. Su cine no solamente habla de Bolivia, también habla de él.

