Voto del 17 decidirá futuro de la salud, la educación y los recursos naturales

Por: Pedro Cardozo

Por más de 180 años, Bolivia fue un país estructurado sobre la exclusión, un Estado colonial, travestido de república, donde la mayoría indígena vivía en las márgenes del poder, de la educación, de la salud, de los servicios básicos y de toda dignidad. Hasta que, en 2006, algo cambió. El ascenso del Movimiento al Socialismo (MAS-IPSP), con Evo Morales como el primer presidente indígena en la historia del país, no fue simplemente un cambio de gobierno: fue un cambio de paradigma. Un giro profundo en la forma de concebir Bolivia, de nombrarla, de habitarla.

Hoy, a pocos días de las elecciones generales del 17 de agosto de 2025, ese proceso corre el riesgo de ser revertido por los mismos actores políticos, ideológicos y económicos que lo negaron desde un principio. La derecha tradicional y conservadora, la misma que gobernó durante los años neoliberales (1985–2005), podría volver al poder. Y con ella, no solo se elige un nuevo gobierno, se define si Bolivia seguirá siendo un Estado incluyente o volverá a ser una finca para pocos.

Un país que aprendió a mirarse en el espejo

Durante casi dos décadas de gobierno del MAS-IPSP, Bolivia vivió una transformación que fue mucho más que económica o legal: fue profundamente simbólica y espiritual.

Se volvió un país que empezó a reconocerse como plurinacional, a hablar en wawanakas y no solo en español, a incluir a sus pueblos originarios en los ministerios, universidades, asambleas y cámaras empresariales. El Estado dejó de ser propiedad de las élites mestizas y blancas del eje central, para convertirse —aunque de forma imperfecta— en un espacio donde también se podía escuchar la voz de las comunidades aymaras, quechuas, guaraníes, mojeñas y muchas otras.

Y ese proceso tuvo pilares firmes:

Educación como liberación: la Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez

Uno de los cambios más invisibilizados —y, al mismo tiempo, más revolucionarios— fue la promulgación de la Ley de Educación “Avelino Siñani - Elizardo Pérez” en 2010. Por primera vez, la educación en Bolivia se volvió intracultural, intercultural y plurilingüe, reconociendo que los saberes ancestrales no eran folclore, sino conocimiento.

Antes de eso, durante los gobiernos de la derecha, la educación indígena apenas existía. No se enseñaban las lenguas originarias. No se incluía la historia real de los pueblos indígenas. Se formaban ciudadanos para obedecer, no para pensar.

Con esta ley, la educación dejó de ser una herramienta de domesticación para convertirse en una vía de emancipación. Se creó una malla curricular que integró ciencia, técnica y cosmovisión andina-amazónica. Se incluyó formación política, tecnológica, artística y espiritual. Se revalorizó al maestro como transformador de sociedad. Se abrieron las Escuelas Superiores de Formación de Maestros con enfoque descolonizador.

Alfabetización: decir “yo sé leer” por primera vez

Otro logro gigantesco y profundamente humano fue el programa “Yo Sí Puedo”, impulsado con apoyo de Cuba y Venezuela. En 2008, Bolivia fue declarada territorio libre de analfabetismo, convirtiéndose en el tercer país de América Latina en alcanzar ese hito, después de Cuba y Venezuela.

Este programa no solo enseñó a leer y escribir a más de 800 mil personas adultas, muchas de ellas mujeres indígenas rurales, sino que les devolvió la dignidad de nombrar el mundo con sus propias palabras. Algo que no fue prioridad para ningún gobierno de derecha en el pasado. Nunca fue prioridad alfabetizar a las cholitas, a los abuelos en el altiplano, a los campesinos del Chaco o a las madres en la Amazonía. Ellos simplemente no contaban.

¿Qué pasa si el MAS es desalojado del poder?

Volver al pasado no siempre es una metáfora, a veces es una realidad. Y en Bolivia, el pasado no está tan lejos, es reciente, fresco, y peligroso.

La derecha conservadora boliviana —con nombres repetidos desde hace 30 años— no ha renovado su visión del país. Solo cambió (copió) el marketing. Hablan de eficiencia, de inversión extranjera, de atraer capital, de “desideologizar” la educación. Pero en el fondo, su programa es uno solo: privatizar lo público, achicar el Estado y restituir el privilegio de clase y raza.

¿Qué puede pasar si vuelven?

Los bonos sociales (Juancito Pinto, Juana Azurduy, Renta Dignidad) podrían ser eliminados o reducidos bajo el pretexto de “sostenibilidad fiscal”.

La Ley Avelino Siñani sería desmantelada y reemplazada por una educación “neutra”, es decir, sin identidad, sin raíces, sin rebeldía. La alfabetización para adultos volvería a desaparecer, como ya lo estuvo por décadas.

Las empresas públicas —como YPFB, BoA, ENTEL o ENDE— estarían en la mira de la privatización, volviendo a entregar los recursos del país a manos extranjeras.

La industrialización del litio sería frenada o entregada a multinacionales, repitiendo la historia del gas.

El Sistema Único de Salud podría ser revertido en favor de clínicas privadas, dejando desprotegidos a millones.

Se debilitaría el carácter plurinacional del Estado y los símbolos indígenas volverían a ser ridiculizados o borrados.

Las políticas de equidad de género, derechos sexuales y reproductivos, y diversidad serían detenidas o combatidas desde posturas ultraconservadoras.

A veces el voto castiga sin mirar a quien favorece

Muchas veces, el voto castiga sin mirar a quién favorece. Hay malestar, sí, hay cansancio, hay errores del MAS, sin duda. Hay casos de corrupción, de autoritarismo, de burocracia excesiva, pero el descontento no puede cegarnos.

Cambiar de gobierno no debería implicar destruir todo lo construido.

Bolivia necesita autocrítica, renovación política, nuevos liderazgos, pero también podría retroceder a un modelo que fracasó, que ya excluyó, que ya vendió el país a pedazos.

 

La memoria es un acto de defensa

Esta elección es, más que nunca, una elección entre futuro y olvido.

Porque Bolivia no fue perfecta bajo el MAS, pero fue más justa. Porque los pueblos indígenas, las mujeres rurales, los adultos mayores, los jóvenes de provincia y los sectores históricamente marginados vieron abrirse una puerta que siempre estuvo cerrada. Porque el país, por primera vez, se pensó a sí mismo desde adentro, no desde Miami, Madrid o Nueva York.

El retorno de la derecha no sería una alternancia. Sería una revancha. Una demolición. Una restauración del orden excluyente que el pueblo boliviano ya superó.

Miremos a Argentina, por ejemplo. Muchos votaron por Javier Milei con la esperanza de “sacar a la casta” y “arreglar la economía”. Y sí, está cumpliendo exactamente lo que prometió: eliminar ministerios, achicar el Estado, liberar precios, desregular todo. Pero… ¿a qué costo? En pocos meses, los precios se han vuelto ridículamente altos, los medicamentos y los alimentos básicos son inalcanzables para millones, y mientras los sectores más ricos reciben perdones fiscales y beneficios, el ajuste brutal lo pagan los de siempre: los pobres, los jubilados, los trabajadores y las familias humildes. Argentina no necesitaba más mercado, sino más justicia. Hoy vive una experiencia que Bolivia haría bien en observar con atención, porque un voto mal dirigido puede convertir el hartazgo legítimo en una tragedia colectiva.

Lo que está en juego

Lo que se juega el 17 de agosto no es solo quién gobierna, se juega si Bolivia sigue siendo plurinacional o vuelve a ser colonial.

Se juega si seguimos construyendo un país para todos o volvemos a un país para pocos.

Se juega si el voto es un acto de esperanza o un disparo en el pie, porque el futuro no se regala, se defiende.