Rodrigo Paz, presidente electo.
El escritor Edmundo Paz Soldan afirma que “el viraje de Rodrigo Paz está claro; la dirección, no tanto”
Publicamos un artículo de El País de España cuya autoría
corresponde al escritor boliviano Edmundo Paz Soldán
Después de meses cargados de tensiones y enfrentamientos en
los que parecía incluso que las elecciones se iban a suspender, y en medio de
una crisis inflacionaria que recortó buena parte de los avances logrados en los
últimos 20 años, el pueblo boliviano votó dos veces y terminó entregando
resultados escasamente dramáticos. Antes de las 10 de la noche del 12 de
octubre, día del balotaje, ya se conocía que Rodrigo Paz (Santiago de
Compostela, 1967), hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, era el nuevo
presidente del país, y hacia la medianoche, su principal contrincante, Tuto Quiroga,
reconocía los resultados. Bolivia, tras dos décadas de populismo estatal,
inicia el viaje hacia un nuevo orden.
Dos semanas antes de la ronda eleccionaria de agosto, Paz,
candidato del PDC (Partido Demócrata Cristiano), aparecía quinto en las encuestas,
con un 5% de intenciones de voto. A partir de ese momento, su ascenso fue
imparable. Hubo varias razones para ello: pese a que sus intenciones eran
claramente las de un candidato de derecha -o al menos centro-derecha
(“capitalismo para todos”, fue su slogan)-, sus respuestas evasivas en cuanto
al rol de Estados Unidos, el FMI y la DEA en el país, o sobre si se encargaría
de llevar a la justicia a Evo Morales, permitieron que un buen porcentaje de
votantes indecisos, que solían apoyar el proyecto populista del MAS, terminaran
decantándose por él como una mejor opción ante la rigidez ideológica derechista
encarnada por Quiroga.
Su candidato a vicepresidente, el cochabambino Edmand Lara,
ayudó a captar esos votos. El carismático expolicía, hábil en la comunicación
vía TikTok, visto como cercano a los sectores populares y abanderado en la
lucha contra la corrupción, llegó incluso a opacar a Paz con sus declaraciones
intempestivas y furibundas (tres años atrás, en medio del furor libertario,
Lara triunfó en una encuesta que preguntaba quién podía ser el “Milei
boliviano”). Las políticas de la identidad funcionan también en Bolivia, y
votar por alguien “que viene desde abajo y es uno más de nosotros” –las
palabras son de una comerciante indígena– tiene todo el sentido del mundo.
La situación no está para grandes celebraciones. Paz, que
asumirá el 9 de noviembre, hereda un país en crisis gracias a la pésima gestión
del presidente Luis Arce, conocido como el arquitecto del modelo económico que
rigió el país a partir de la llegada de Morales al poder en 2006. El MAS fue
fundamental en el crecimiento de la clase media, empoderó a sectores de la
burguesía “chola” y permitió el ingreso de grupos marginados al poder; a la
vez, Morales hizo crecer el gasto público, despilfarró su capital político con
proyectos de corto plazo o ineficientes, se perdió en un caudillismo que lo
llevó a desconocer la misma Constitución promulgada por su partido, y,
beneficiándose de una década de bonanza en los precios de productos del gas y
el petróleo, no preparó al país para cuando el boom económico se acabara. Un
proyecto hegemónico que refundó al país como Estado plurinacional, que tuvo el
apoyo de dos tercios de votantes al final de la primera década del siglo,
propulsado por un crecimiento anual de alrededor del 5% (uno de los mayores del
continente), llegó a las elecciones acosado por un fuerte enfrentamiento
interno entre Arce y Morales: su candidato apenas logró el 3% de votos, y el
partido, casi nula representación en la asamblea legislativa.
El MAS tuvo 20 años para consolidar las instituciones
públicas, pero las deja más bien débiles, con una justicia corrupta en la que
nadie cree. Por otro lado, el avance de la minería ilegal contaminante y la
deforestación muestran cómo fracasó el “vivir bien”, el plan de desarrollo
alternativo al capitalismo presentado por Morales en el 2006 como una nueva
forma de relación entre el boliviano y la naturaleza, aprendida de las culturas
ancestrales.
El primer desafío de Paz consiste en estabilizar la alicaída
economía. Hay recesión, y Arce se ha gastado buena parte de las reservas. La
inflación no perdona, y productos de primera necesidad como la carne de res o
de pollo no paran de subir (“la gente lleva carne molida y hueso, prácticamente
ya no se vende carne”, le dijo una vendedora del mercado Abasto en Santa Cruz a
un periodista de El Deber). Abastecer al país de gasolina y diésel, un problema
que comenzó el año pasado y se ha vuelto crónico, es urgente para la cadena
productiva: ciudadanos comunes y transportistas hacen largas colas semanales, y
la cadena alimentaria sufre el impacto (la producción agropecuaria necesita 35
millones de litros de diésel mensuales, pero en octubre solo se distribuyeron 8
millones).
Paz también debe decidir de quién conseguir financiamiento
para comprar combustible, ya sea del malhadado FMI o de algún otro lado que
implique menor gasto de capital político. Además, debe evaluar si se sigue
subvencionando el precio de la gasolina y el diésel, un tema sensible en Bolivia:
esa subvención es la principal causante del endeudamiento, pero eliminarla
podría provocar una inmediata inestabilidad social.
Paz ha prometido un capitalismo descentralizado, con un 50%
de las ganancias para el Estado nacional y el otro 50% para las regiones; esta
idea no es nueva en el continente, y en otras experiencias ha chocado con los
límites de la realidad fiscal. También ha ganado apoyos con su discurso contra
el llamado “Estado tranca”, asegurando menor regulación y un sistema impositivo
más justo para legalizar a buena parte del 85% de la población que vive en la
economía informal. Su primera reunión importante fue con los empresarios
privados de Santa Cruz, a quienes ofreció mayor apertura comercial y seguridad
jurídica. El ingreso a su equipo de José Luis Lupo, excandidato a la
vicepresidencia junto a Samuel Doria Medina (líder de derecha que encabezaba
las encuestas hasta junio), refuerza la percepción de un giro hacia un
neoliberalismo atenuado (“No creo en los subsidios, se nacionalizó el gas y no
hay gas, se subsidió el diésel y no hay diésel”, dijo Lupo durante la campaña).
Paz tendrá que resolver su relación con Evo Morales. El
exlíder del MAS, exiliado interno en su reducto del Chapare en Cochabamba, es
un prófugo de la justicia que todavía tiene alrededor del 20% de apoyo duro.
Evo se ha arrogado el triunfo del PDC (pese a que llamó a votar nulo, sus
votantes de decantaron por Paz), no ha dejado de lado sus ambiciones políticas
y es capaz de desestabilizar al país: ya ha denunciado a Paz como neoliberal y
ha dicho que resistirá a sus políticas. Para quienes ven a Paz como “un caballo
de Troya” del masismo, este mismo ha dicho que “la justicia va a caer sobre
aquellos que tengan que cumplir ante la justicia… a Evo el Estado no le aplicó
el rigor de la norma… Siendo gobierno nosotros, si hay justicia, esa justicia
tendrá que actuar”.
“Espero que Bolivia vuelva al mundo y el mundo vuelva a
Bolivia”, ha afirmado también Paz, asegurando que se restablecerán relaciones
con los Estados Unidos. Por lo pronto, la COB (Central Obrera Boliviana) se ha
declarado en emergencia, asegurando que rechazarán la descentralización de la
educación y la salud. El ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra
América), una organización de diez países latinoamericanos y del Caribe con
ideología de izquierda, ha suspendido a Bolivia de la alianza y tildado a Paz
de “proimperialista y colonialista”, luego de que este declarara que no
invitaría a su toma de posesión a países que no tuvieran “la democracia como
principio”, entre ellos Cuba, Venezuela y Nicaragua (principales aliados de
Bolivia en los años del MAS). Dicho esto, el viraje de Bolivia está claro; la
dirección, no tanto.

