EN VOCES 39: Ganamos a Brasil porque “los bolivianos no somos poco viento, sino huracán entero”
La verde ganó a
Brasil porque ese día los jugadores de la selección comprendieron que cuando a
los bolivianos nos ponen al límite, es decir, a la orilla del precipicio, no
tenemos otra opción que jugarnos el todo
por el todo. “Ser o no ser”, para
demostrar al mundo que cuando nos golpean fuerte, “no somos poco viento, sino
huracán entero”.
El 9 de
septiembre marca un antes y un después
en el alma de los bolivianos. No fue un cambio radical, pero sí un avance que
puede ser definitorio en el futuro del
fútbol boliviano. Esa noche, los 11 de la selección ingresaron a la cancha, no
solo a jugar un partido, sino a ganarlo.
Así de claro: a ganarlo. Cansados de
derrotas y humillaciones al por mayor,
tenía que llegar el momento de la redención. Entonces, con lágrimas de por medio, nuestros representantes comprendieron —en
medio de temores y dudas— que de verdad
“los bolivianos no somos poco viento, sino huracán entero”.
Desde el minuto uno sabían que aquella noche había
que vivir o morir, ganar o ganar al
tetracampeón, porque solo una victoria nos dejaba, todavía con respiración.
Meses antes, en la
victoria ante Chile como visitantes,
Miguelito Terceros, al meter el segundo
gol, con tanta convicción, les dijo a
sus compañeros: “¡Sí se puede, carajo!”, porque él veía a un grupo de
compañeros con mucho talento. En ese
momento había nacido alguien dispuesto a
comandar el equipo y llevarlo por la
senda de la gloria. Desde entonces, la
selección mueve el balón con más orden, claridad y fe en la
victoria y esto es algo que podría no parar por varios años.
Una frase de Adriana Cardozo
El habla popular nos
deleita con jugosos giros en el
lenguaje, como lo que solía expresar con
un tono jocoso y burlón Adriana Cardozo a su hermano Zenón Cardozo y a toda la
familia. Por los años 80 en las tertulias familiares ella decía: “Los Cardozo no somos poca m..., sino muladar
entero”.
La expresión grafica
las estrategias a las que suelen recurrir los progenitores para fortalecer la
moral de su familia. De otro modo
también es posible decir: “Los bolivianos no somos poco viento, sino huracán
entero”. De ese espíritu se imbuye hoy
la selección y por eso empieza a mostrar
fortalecer la gran ilusión.
Cuando David pudo con Goliat
La noche caía sobre
el altiplano como un manto solemne y el estadio se erguía como fortaleza de
piedra frente al gigante que venía del trópico. Brasil, la nación del fútbol
eterno, desembarcaba en La Paz con el peso de su historia y la arrogancia de
quien se sabe casi invencible. Pero en el corazón de cada boliviano latía la
convicción de que los milagros no se piden, se conquistan.
Desde el pitazo
inicial, la Selección Boliviana salió al campo con la fiereza de guerreros
ancestrales. Cada pase era un latigazo, cada quite un acto de resistencia
contra el destino escrito por otros. Los brasileños buscaban bailar con su
samba de siempre, pero el aire denso de la altura les cortaba el ritmo, y las
camisetas verdes se multiplicaban como sombras imposibles de atrapar.
El primer gol cayó
como un trueno, haciendo vibrar los Andes. No fue solo una pelota que cruzó la
red: fue la confirmación de que David podía desafiar a Goliat, que la voz de un
pueblo podía hacerse escuchar en el escenario más impensado, levantando a todo
un país en un grito que todavía resuena en las montañas.
Brasil intentó
responder con su linaje de estrellas, pero esa noche no hubo brillo que pudiera
eclipsar la garra altiplánica. Bolivia defendió con el coraje de quien defiende
la patria misma. El reloj, convertido en aliado, fue testigo de cada segundo en
que el coloso caía de rodillas ante un equipo que jugaba con el alma y el
orgullo de millones.
Cuando el árbitro
sopló el silbato final, no fue solo el fin de un partido, fue el nacimiento de
una leyenda. La victoria sobre Brasil quedó grabada en la memoria colectiva
como una epopeya moderna, un recordatorio de que en el fútbol —como en la vida—
los gigantes también caen, y que un pueblo pequeño, cuando juega unido, puede
escribir páginas inmortales en la historia del deporte rey.

