La Paz, capital sin corona: la historia de una ciudad que se ganó el poder a pulso
Bolivia tiene algo que
desconcierta a cualquier extranjero curioso: tiene dos capitales. Una está en
el papel; la otra, en la práctica. Sucre figura como la capital constitucional
desde el siglo XIX, pero en el corazón político del país, en las decisiones
diarias que afectan a millones de bolivianos, la verdadera protagonista es La
Paz.
¿Cómo se explica esta
paradoja? ¿Qué fuerza convirtió a una ciudad en el eje del poder nacional sin
que ningún artículo constitucional lo haya proclamado oficialmente? La
respuesta está en una herida aún abierta de nuestra historia: la Guerra Federal
de 1898-1899. Pero también en una ciudad que, con trabajo, conflicto y
resistencia, construyó su lugar en la historia con más hechos que discursos.
La Paz, antes del
poder: una ciudad al margen del protagonismo
Durante el siglo XIX,
La Paz no era más que una ciudad importante entre muchas otras. Sucre era el
corazón político e intelectual del país. Potosí aún ostentaba los últimos
destellos de su pasado imperial minero. Cochabamba y Oruro eran nodos
económicos. La Paz tenía vida, sí, pero no era el centro.
Pero algo estaba
cambiando lentamente. El auge del estaño —que pronto reemplazaría a la plata
como principal fuente de riqueza del país— estaba creando una nueva clase
económica, y buena parte de ese nuevo poder emergía desde el altiplano paceño.
Mientras Sucre seguía ligada a las viejas fortunas coloniales y a la tradición
conservadora, La Paz se abría paso con mineros, comerciantes, intelectuales
liberales y sectores populares dispuestos a desafiar el orden establecido.
El choque de dos
Bolivias
La Guerra Federal no
fue solo una lucha entre dos partidos, el Liberal y el Conservador. Fue la expresión
violenta de un conflicto mucho más profundo: el enfrentamiento entre dos
proyectos de país.
Los conservadores,
desde Sucre, representaban una Bolivia centralizada, clerical, controlada por
una élite de familias aristocráticas. Su visión del país era vertical,
excluyente, y profundamente ligada a la herencia colonial.
Los liberales, desde La
Paz, defendían la libertad de culto, la educación laica, el progreso económico,
la descentralización y un Estado más moderno. Pero no eran revolucionarios: eran
otra élite, más joven, más minera que terrateniente, más urbana que rural.
Entre esos dos mundos,
estaban los pueblos indígenas del altiplano, particularmente los aymaras. Ellos
habían sido sistemáticamente explotados desde la colonia, reducidos a servidumbre,
arrebatados de sus tierras y negados en su dignidad. Su participación en la
Guerra Federal fue un grito por justicia largamente postergado.
La guerra que lo cambió
todo
En 1898, la tensión
estalló. El presidente conservador Severo Fernández Alonso se negaba a
trasladar la sede del gobierno a La Paz, a pesar de las presiones. Los
liberales, liderados por José Manuel Pando, decidieron levantarse en armas.
Fue entonces cuando
entró en escena un personaje que hoy debería ocupar más páginas en nuestros libros
de historia: Pablo Zárate Willka, caudillo indígena aymara que organizó miles
de combatientes en el altiplano. No luchaban por el Partido Liberal, sino por
sus propias causas: el acceso a la tierra, el respeto a sus comunidades, el fin
de los abusos.
Las tropas indígenas
fueron clave en la victoria liberal. Combatieron con coraje, con rabia
ancestral, con fe en que un nuevo país podía nacer de las ruinas del viejo
orden. En abril de 1899, la guerra terminó con la derrota del gobierno
conservador y la huida del presidente Fernández Alonso.
La Paz se convierte en
centro de decisiones
Los liberales, ya en el
poder, no hicieron de La Paz la capital oficial, pero tomaron una decisión aún
más determinante: trasladaron a esta ciudad la sede de los poderes Ejecutivo y
Legislativo. El Congreso sesionaría La Paz, los ministros despacharían desde La
Paz, el presidente gobernaría desde La Paz.
Era una victoria sin
decreto, pero con efectos reales. La Paz se convirtió en el nuevo centro del
poder.
Mientras tanto, Sucre
conservó el título de capital según la Constitución y mantuvo la sede del Poder
Judicial, pero su influencia fue disminuyendo año tras año. La capital oficial
se convirtió en una especie de símbolo sin palacio, sin parlamento y sin
micrófono.
La traición a los
pueblos indígenas
Pero no todos ganaron.
Una vez en el poder, los liberales rompieron su alianza con los indígenas. Le
temían a Zárate Willka. Temían que su liderazgo se convirtiera en un poder
popular autónomo. Así que lo acusaron de subversión y lo ejecutaron en 1905.
La promesa de un país
más justo murió con él. Los pueblos originarios, que habían peleado por esa
revolución, volvieron a ser excluidos. Fue una de las traiciones más dolorosas
de nuestra historia. Y sigue doliendo.
La Paz hoy: capital de
facto, corazón político
Desde entonces, La Paz
no ha dejado de ser la capital política de Bolivia. Aquí están la Presidencia
del Estado, la Asamblea Legislativa Plurinacional, la mayoría de los
ministerios, las embajadas y organismos internacionales, el Banco Central, el
Poder Electoral, la Policía Nacional, las cedes de los movimientos sociales más
poderosos, entre otras instituciones que mueven la política del país.
Aquí se toman las
decisiones. Aquí se siente el pulso del poder.
Y aunque la Constitución
sigue diciendo que la capital es Sucre, para la mayoría de los bolivianos,
dentro y fuera del país, La Paz es el verdadero centro del Estado.
Dos capitales, una
historia compleja
La dualidad entre Sucre
y La Paz no es solo una cuestión administrativa. Es una herencia viva de
nuestra historia, con sus luces y sus sombras, con sus héroes y sus traiciones.
La Paz no pidió permiso para ser capital: lo fue por la fuerza de los hechos,
por la historia y por la sangre.
Y quizás por eso, a
pesar de la altitud, del frío y de su geografía compleja, La Paz vibra con una
energía política única. Es una ciudad que aprendió que el poder no siempre se
hereda: a veces se conquista.

