Partió Francisco
Se fue Francisco, el Papa que promovió el diálogo y criticó el modelo económico depredador y excluyente
Washington Uranga
Francisco, el papa latinoamericano que “los cardenales
fueron a buscar al fin del mundo” como él mismo lo afirmó, entra en la historia
de la Iglesia Católica y de la humanidad como aquella persona que, ejerciendo
un liderazgo firme, dentro y fuera de las fronteras institucionales, supo
entender los desafíos de la sociedad, desde su lugar ensayó las respuestas a su
alcance y, sobre todo, tuvo la capacidad de interpelar a propios y extraños con
su mensaje profundamente humano.
De esta manera Jorge Bergoglio logró dejar huella en la vida
de muchas personas, también en gran parte de quienes no lo reconocieron como su
líder espiritual o religioso. En el escenario de un mundo contemporáneo
atravesado por los conflictos y las guerras y, al mismo tiempo, carente de
voces y de referentes que iluminen los senderos de la fraternidad entre las
personas y los pueblos, Francisco marcó presencia.
Como componente esencial de su misión el Papa predicó y puso
en práctica lo que él mismo denominó “la cultura del encuentro”. Porque, como
lo escribió en su autobiografía recientemente publicada bajo el título
“Esperanza”, “solo quien levanta puentes sabrá avanzar; el que levanta muros
acabará apresado por los muros que él mismo ha construido. Ante todo quedará
atrapado su corazón”.
Francisco: el hombre común
Se proyectó como estadista y líder mundial, sin perder la
sencillez característica de la historia personal de este porteño (“dentro de mi
alma me considero un hombre de ciudad”), el mayor de cinco hermanos nacidos
todos en el barrio de Floresta en Buenos Aires, y que aún en el Vaticano siguió
reconociéndose como “cuervo” por su afición a San Lorenzo. Sin embargo, cuando
le anunciaron que en su regreso a la avenida La Plata el nuevo estadio podría
llamarse “Papa Francisco” dijo claramente que “la idea no me entusiasma”.
La elección como Papa le cambió la vida a Jorge Bergoglio.
Pero una vez convertido en Francisco hizo lo posible por mantener los rasgos de
humanidad y de hombre común que hacían que en Buenos Aires, y ya siendo
cardenal, siguiera viajando en subte para ir a su despacho en la curia porteña.
“Me gusta caminar por la ciudad, en la calle aprendo” decía. Su nueva condición
lo obligó a muchas restricciones, pero en lugar de habitar un palacio vaticano
eligió vivir en la residencia Santa Marta, una especie de hotel religioso que
recibe a obispos y sacerdotes que viajan a Roma por motivos eclesiásticos. Allí
trasladó incluso muchas de sus audiencias, sobre todo cuando se encontraba con
la gente más cercana por motivos personales o pastorales. Santa Marta fue su
casa. Hasta allí le alcanzaron los zapatos “gomicuer” que pidió a sus amigos
que le llevaran desde Buenos Aires tras descartar el calzado rojo que usaba su
antecesor Benedicto XVI. También desde allí, o desde cualquier lugar del mundo
donde estuviera de visita, cada domingo por la noche Francisco cumplía en
llamar por teléfono a Buenos Aires a su hermana María Elena, la única
sobreviviente de su familia. Ha dicho que no ver a su hermana es de los
desprendimientos que más le costó.
Se reconocía como amante de la música y del tango. “La
melancolía ha sido compañera una compañera de vida, aunque de manera no
constante (…) ha formado parte de mi alma y es un sentimiento que me ha
acompañado y que he aprendido a reconocer”.
Desde 1990, a raíz de una promesa religiosa, no volvió a
mirar televisión y se mantenía informado por otros medios.
“Plan de gobierno”
La elección de Bergoglio como papa Francisco, que cambió la
vida de la Iglesia Católica, también modificó profundamente la manera de
relacionarse del catolicismo con la sociedad, en el mundo y en cada país y
región.
Ni siquiera los más cercanos, aquellas y aquellos que
conocían sus pensamientos y que habían seguido su trayectoria, habrían podido
imaginar aquel 13 de marzo de 2013 el "plan de gobierno" que Jorge
Bergoglio tenía en su mente cuando fue ungido como máxima autoridad de la
Iglesia Católica. Quizás tampoco había pasado por su cabeza esa posibilidad a
pesar de la experiencia acumulada en sus años como superior provincial de los
jesuitas en Argentina (1973-1979), en plena dictadura militar, o en su tarea
como obispo auxiliar (1992-1998) y luego como arzobispo de Buenos Aires
(1998-2013).
No pocos sostienen que la vida de Bergoglio tuvo un vuelco
fundamental por su participación en la Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano (Aparecida, Brasil, 2007) en la que el entonces arzobispo
porteño recibió un baño de ”latinoamericaneidad” en su contacto con sus colegas
obispos de la región y, en particular, con los de Brasil. Esto es lo que lo
llevó a escribir en sus memorias que “mis raíces son también italianas, pero
soy argentino y latinoamericano. En el gran cuerpo de la iglesia universal,
donde todos los carismas ‘son una maravillosa riqueza de gracia’, esa iglesia
continental tiene unas características de vivacidad especiales, unas notas,
colores, matices que también constituyen una riqueza y que los documentos de
las grandes asambleas de los episcopados latinoamericanos han manifestado”.
Hasta entonces el “porteño” Bergoglio, como buena parte de
los argentinos, se había mantenido distante de América Latina. También en
términos eclesiásticos por su cercanía a la “teología de la cultura” que
aprendió de su maestro Juan Carlos Scanonne y más alejado de los teólogos de
liberación como el peruano Gustavo Gutiérrez o el brasileño Leonardo Boff. Con
ambos se encontró y se abrazó después una vez que estuvo en el Vaticano.
Bergoglio se hizo latinoamericano en Aparecida. Y con ese bagaje llegó al consistorio
que lo eligió Papa.
Pocos días antes de su muerte, la teóloga argentina Emilce
Cuda, a quien el Papa llevó a Roma como una de sus más estrechas colaboradoras,
fue enfática al señalar que la teología de Franscisco ha sido “la teología” a
secas, rescatando las raíces del pensamiento cristiano a lo largo de la
historia para ponerla a dialogar con los desafíos de la actualidad de la
Iglesia y del mundo.
Referente mundial
El tiempo y sobre todo los gestos de Francisco fueron
dejando en claro la propuesta y las huellas que el primer papa latinoamericano
deseaba establecer como impronta a su gestión. Fue así que su primer viaje
político-pastoral lo llevó hasta Lampedusa, para encontrarse con los inmigrantes
ilegales expulsados de su territorio que huyen desesperados en busca de la
vida. A ellos y al mundo les reafirmó con un gesto de cercanía y solidaridad su
prédica en favor de los pobres, los descartados y de sus derechos.
Desde allí, sin abandonar su impronta religiosa, el Papa
comenzó a construir su condición de referente mundial más allá de las fronteras
de la Iglesia Católica convirtiéndose en interlocutor de jefes de estado, de
dirigentes sociales, políticos y culturales. En un mundo con liderazgos en
crisis y enfrentando los desafíos de la realidad Francisco eligió el camino del
diálogo y del encuentro con los diferentes, desde la realidad de los pobres y
reclamando por sus derechos.
Sus ideas quedaron plasmadas en muchos de sus documentos y alocuciones
públicas pero sobre todo en las encíclicas Laudato Si (2015), sobre “la casa
común”, el cambio climático y el cuidado de los recursos naturales, y Fratelli
Tutti (2020) acerca de la amistad y la fraternidad social.
Pero Francisco fue, de muchas maneras, un líder incómodo,
para los gobernantes y los poderosos del mundo. En particular por sus llamadas
a atender los problemas de sobre explotación de los recursos naturales en
desmedro del cuidado de la naturaleza, las críticas de un modelo económico
depredador y excluyente y las advertencias sobre el “descarte” que se evidencia
en las migraciones masivas, las guerras y la pobreza creciente.
Los pobres y la guerra
En su transitar Francisco se convirtió en vocero de los
descartados y los pobres, pero también en aliado de quienes salieron en defensa
de los derechos de estas personas y comunidades. Puede decirse que el discurso
pronunciado el 9 de julio de 2015 por el Papa ante el auditorio plural de los
movimientos sociales reunidos en Cochabamba (Bolivia), cuyo eje fue su proclama
de "las tres T" (tierra, techo, trabajo), constituye una suerte de
síntesis doctrinal que, en otro tono y con distinto despliegue, Francisco había
expresado de manera sistemática y con base teológica en Laudato Sí. Una gran suma
que, a contracorriente de las fuerzas del capitalismo mundial, se alzó en favor
de los pobres y sus organizaciones, criticó a los poderes hegemónicos y lanzó
un llamado a la paz. Una militancia pacifista que Bergoglio apoyó con sus
acciones y las del Vaticano en cada lugar de conflicto en cualquier rincón de
la tierra. En esta tarea los movimientos sociales fueron elegidos
permanentemente como aliados e interlocutores, convocados y sentados a la mesa
de las conversaciones con el Papa.
A través de sus acciones Francisco también consolidó su idea
de que a las grandes religiones monoteístas del mundo y a sus dirigentes le
cabe la responsabilidad de encontrar salidas a la guerra mundial traducida en
multitud de conflictos acotados o guerras regionales por disputas
territoriales, cuestiones de soberanía, enfrentamientos políticos, étnicos o
raciales. “No existe la guerra inteligente; la guerra solo sabe causar miseria;
las armas, únicamente muerte” afirmó.
En octubre de 2022 organizó en Roma un gran encuentro de
líderes religiosos mundiales por la paz. Pero antes y después se reunió en
Irak, con el Gran Ayatolá Sayyid Ali Al-Husayni Al-Sistani, líder de la
comunidad chií del país, en Ulaanbaatar con once líderes de diferentes
confesiones y, más recientemente, en Indonesia junto al iman Nasaruddin Umar
visitó el 'túnel de la Amistad' que conecta la mezquita Istiqlal con la
catedral de Nuestra Señora de la Asunción.
En la propia Iglesia
Hacia el interior de la misma Iglesia Católica el papa
Francisco impulsó muchas líneas que conectan directamente con iniciativas
inauguradas en el Concilio Vaticano II (1962-1965), impulsadas por el papa Juan
XXIII (1958-1963 ) y continuadas por Paulo VI (1963-1978), pero que tuvieron
frenos y retrocesos con Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI ( 2005-2013).
De esta manera Bergoglio insistió en la idea de “una iglesia
de puertas abiertas” con capacidad de acogida para todas y todos, sin ningún
tipo de restricciones, en diálogo con la sociedad y enfrentando los problemas
comunes. Esto implicó también reformas profundas en las estructuras
eclesiásticas, con más espacios para los laicos y en particular para las
mujeres, pero también desde una perspectiva eclesiológica que buscó
protagonizar el “sacerdocio común de los fieles” incluso antes que el
sacerdocio ministerial.
Con esa intención Francisco propició, a través de los
sínodos (universal y regionales) una Iglesia más participativa que puso en
crisis el modelo estrictamente jerárquico, piramidal y romano céntrico. Ello
trajo aparejado también la decisión de enfrentar los problemas de abusos, la
pederastia y la corrupción dentro de la estructura eclesiástica.
Bergoglio acompañó este proceso con reformas de la curia
vaticana, recambio de los responsables y nuevos nombramientos para rodearse de
figuras de su confianza. También hubo cambios mediante la designación de
obispos más jóvenes y cercanos a la perspectiva eclesiológica de Francisco.
Nada de esto ocurrió sin resistencias y enfrentamientos. En
el mundo, pero también en la Argentina donde paradójicamente los sectores
católicos más conservadores, empresarios y representantes del poder que vieron
en Francisco la continuidad de un cardenal Bergoglio, que en su momento y sin
considerarlo como del propio palo, nunca les resultó incómodo. Rápidamente se
sintieron defraudados por las iniciativas y las propuestas del Papa que acentuó
los rasgos más latinoamericanistas del entonces cardenal de Buenos Aires y
radicalizó su perspectiva en favor de los pobres, de los excluidos y de sus
derechos.
El poder se disgustó con Francisco y no lo disimuló. También
los sectores conservadores de Iglesia incluidos algunos obispos se sintieron
molestos con Bergoglio, aunque estos últimos se mantuvieron dentro de los
márgenes de discreción que impone la propia Iglesia.
A nivel mundial también las intrigas y las conspiraciones
fueron en aumento. Integrantes del colegio cardenalicio que habían ido a buscar
a un papa latinoamericano y seleccionaron a un argentino porque siendo tal era
el "más parecido" a los europeos se sintieron frustrados en sus
expectativas.
En más de una oportunidad los sectores más conservadores se
rasgaron las vestiduras ante lo que consideraron excesivas concesiones de
Bergoglio, tanto en sus mensajes como en su estilo pastoral. Francisco no se
inquietó demasiado por ello. Siguió tomando decisiones con conciencia de los
problemas que enfrentaba e incluso utilizó la energía y el respaldo que le
llegaba desde afuera para dar batallas en el seno de la propia Iglesia.
Siempre apareció convencido de la tarea que debía enfrentar:
avanzar y profundizar la reforma de la Iglesia hacia una forma de gobierno y de
participación más sinodal, más horizontal y plural que renueve la vida del
catolicismo.
Si bien se dieron pasos sustanciales en ese sentido, quizás
sea esta la tarea inconclusa que deja Francisco y que quedará en manos quien lo
suceda en el pontificado. Una designación que dependerá de una elección
incierta y sin candidatos a la vista, aun teniendo en cuenta la profunda
renovación que Bergoglio hizo en el colegio cardenalicio que escogerá al nuevo
papa.

